Publicado en Poetry

Elegía de las hortensias (o cuando se cumplieron diez años)

Yo traigo en el alma atorado tu recuerdo,
como brisa verde en un campo de flores.
Ese amor inmarcesible lleno de nomeolvides,
donde me pierdo entre la vida y el lamento.

¡Ay, cuán felices éramos sin saberlo,
mientras las calles nos ofrecían su pavimento!

Tu risa se apagó un día de primavera,
antes de que el llanto hiciera mella en el tormento.
La fugacidad del tiempo me quema entera,
al saber que ya no estoy más en tus silencios.

Todos nos volvemos la nostalgia de alguien,
mientras mi corazón se refugia en tu universo;
aunque ya no estés,
aunque no me ames,
aunque ya no seas.

Lenta,
cansina e
infructuosamente,
mi oquedad consume tu recuerdo.
No hay más rescoldos, ni siquiera un fuego,
Y el “hubiera” dejará siempre la puerta abierta.

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Tu nombre

Repito tu nombre cuando no estás; sobre todo cuando no estás. Y me atrapo in fraganti saboreando cada letra en mi boca, con cierta parsimonia. Es el significante que me remite a tu significado, que seas tú y no sea otro: unas manos que versan la música y la metáfora; una magia que me imbuye en ti, cuando nos abandonamos a ella; la elisión del vacío y de los miedos, mientras la ansiedad desaparece…

No es sólo despojarse de la ropa, sino desvanecerse en el ritmo de tu nombre. No se trata de que repares tus rupturas conmigo ni de que yo arregle las mías contigo, sino de descubrir quién soy cuando somos. Se trata de querernos libres y seguros, rompiendo el esquema de nuestra cotidianidad. Significa que te recrees en mi nombre y me nombres, ya sea en la distancia o muy cerca de ti. Y que perdamos y nos perdamos, con nudos y sin desenlaces. Es desbordarnos en compañía, entre pieles y películas, encendiendo los sentires entre tu universo y el mío.

En medio de la catarsis, te pronuncio.

Publicado en Poetry

Tiempo

Dale la vuelta al reloj
Imagina que nada pasó
Y no me digas adiós.

Regresa el tiempo
Y dame un motivo
Te quiero
Y no sin sentido.

Quítame los miedos
Déjame amarte
Y no en la lejanía.

El corazón se rompe
Y otra vez
Me vuelvo nada
Y lluvia y cascada.

Te vuelves sueño
En medio de mi cama
Y ensoñación distante.

El dolor se instala
Y me impregna
Me empuja
Y me golpea.

Dile al tiempo su adiós.

Publicado en Poetry

Laberinto

Un día me perdí
Me perdí en el tiempo
El tiempo se volvió caricia
La caricia tomó la mirada
La mirada amó
Y me amó
Y te amé.
Fuimos uno en el espacio
El espacio que no existe
Existes en el recuerdo.
Perdí la forma
Y la mirada constante
De la que ya no ama.
Perdí el nombre
Dicho por tu boca
La que dejó de estar.
Lo perdí
te perdí
y ya no sé dónde buscar…

Publicado en About Me

Muerte programada

Estás cansada. Se te nota a cada paso que das, tambaleante sin poder ver, cuando la dificultad para respirar se te complica. Y en los trece años que decidiste acompañarnos, jamás te he visto flaquear. Cada día que pasa es peor que el anterior, por eso sé que tu momento ha llegado. Ya, no sufras más, pequeña mía, te dejaré descansar.
Dicen que cuando muere una mascota es como si perdieras a un ser querido. Sí, pero no a uno cualquiera, sino a esos que siempre viven contigo. Dormías en mi cama, jugabas con Trixy y con Tobi, te enojabas y emberrinchabas. Aún recuerdo el día que nos escogiste y conociste a Trixy: pensaste que te iba a quitar tu bandejita con agua, así que la tomaste entre tus dientes y te la llevaste a quién sabe dónde. Y te sorprendiste cuando quisiste beber y ya no había nada. ¡Cómo nos reímos!
Así es como siempre te recordaré: dulce, pero con esa fortaleza que te hacía arremeter contra cada obstáculo. Me has enseñado tanto, y siento que aún me falta…

***
Ha llegado el veterinario y yo sólo me quiero aferrar a ti.

***
Todo ha sucedido muy rápido. Aquí estás y al minuto siguiente ya no… Son tantas palabras y tantos recuerdos y tantas emociones que siento cómo se me agolpan en el pecho y se van haciendo nudos. Cada pensamiento, un nudo; cada nudo, una lágrima. Uno a la vez hasta que el río se desborda. Mejor lo dejaré fluir.

Adiós, princesa mía; a donde vayas, sé que me estarás esperando.

Publicado en Poetry, Thoughts

Sinsentidos con sentido

Contra el recuerdo no hay cura. Son tus besos, tus labios, tus abrazos; son los sueños, las lluvias, las nostalgias; un último adiós que nunca pude pronunciar…
Son tus brazos que me envuelven cuando la tormenta arrecia, es tu boca que me transporta sobre las estrellas y bajo el mar. No hay caricia que no recuerde ni mirada que no anhele. Eres luna y eres sonrisas, paraíso perdido en medio de la soledad.
Misterio, enigma y acertijo: quiero descifrar cada secreto que se esconde detrás de tus ojos. Eres la luz de mis sombras y la paz de mi locura, juegas con el viento en mi cintura y la brisa entre mis sueños.
Y entonces las palabras se me acaban: las deshaces en tu cuerpo, con caricias de sol. Giras y te conviertes y soy yo, me vuelvo verano y flor. Sinsentidos, fragancias y océanos, huecos que llenas con tu presencia ausente. Ven a mí, tierno suspiro de tu boca en la mía. Déjame recordarte una vez más, ahí donde somos y no, allá donde eres y donde soy.

Publicado en Thoughts

Mandarinas para la niña

Para mí, era un día como cualquier otro; la única diferencia era que iríamos de visita con mis abuelos. Tenía tres años, mi hermano aún no había nacido y mi papá estaba de viaje, así que sólo estábamos mi mamá y yo. No era extraño visitar a mis abuelos; de hecho, yo lo disfrutaba sobremanera. Pero, parece ser que mi madre estaba un poco enferma y, con tal de no preocuparse mucho por mí, decidió manejar hasta Cuernavaca para quedarnos a cargo de sus padres. ¡Qué divertido! Estar con ellos era lo que toda niña podía desear: todo el día jugaban conmigo, me leían cuentos, es más, tenían una tina en el baño. Vaya, ¡una tina! Era casi como una alberca, con espumas que traían mis personajes de Disney favoritos y aromas a chicle o algodón de azúcar. Si alguien me preguntara por los momentos más felices de mi vida, definitivamente serían estos.

Pero bueno, creo que ya me estoy desviando de mi historia. El caso es que ese día, mi mamá tenía un resfriado muy fuerte; ya sabes: dolor de cabeza, ojos llorosos, escalofríos… Y el médico, aparte del coctel de medicamentos, le había recetado reposo absoluto. ¿Tienes idea de lo que es eso cuando tienes a tu cuidado a una pequeña diablilla que a todas horas demanda tu atención? Sí, bueno, yo era tranquila, pero no era más que una niña, al fin y al cabo. Así que mi mamá agarró nuestros triques y ¡vámonos a Cuernavaca! En cuanto llegamos, mis abuelos se hicieron cargo de la situación, dándole a mamá el descanso que necesitaba.

Luego de varias horas, me había quedado a solas con mi abuela. Estábamos las dos sentadas en su recámara, viendo una novela y comiendo mandarinas. Mi madre estaba dormida, por lo que no hacíamos ruido, para no molestarla. Mi abuela me pasaba una mandarina, yo la pelaba y aventaba la cáscara para atrás. ¿Cuántas mandarinas comimos? La verdad, no lo sé… Pero según mi mamá, en un momento dado se despertó y la casa estaba en completo silencio; incluso pensó que nos habíamos ido. Se levantó de puntillas y se asomó a la habitación. Levantó los ojos al cielo en cuanto vio el espectáculo que ofrecíamos mi abuela y yo: sentadas a la orilla de la cama, con un montoncito de mandarinas junto a mi abuela, mientras las cáscaras volaban en cualquier dirección y aterrizaban en la cama, los muebles y el suelo. Se rió quedito y regresó a su recámara. Ya después arreglaría mi desastre…

No, nadie nunca me regañó por eso. ¿Por qué? Bueno, porque en algún momento aprendería que tenía que tirar las cáscaras en la basura, no en el piso. Y así, cuando era pequeña, me dejaron ser.

Publicado en Poetry, Thoughts

Delirio nocturno

Sutilmente te apoderas de mis sueños. Tu presencia se pierde en un laberinto de recuerdos, yo misma pierdo la noción de mi ser. Te fundes en mí sin ser consciente de lo que provocas…

Sólo soy un alma soñadora que extraña tu esencia en la almohada; la luna se refleja sobre el fantasma que dejaste en mi cama. Apaga la luz y apodérate de mis pensamientos, dame otra noche de tierna pasión, llena mis pulmones de tu aliento y déjame beber de tus labios la miel. Sé el dueño de éste, mi dulce delirio, pues yo ya soy esclava de éstas, tus suaves caricias.

Porque cada vez que sueño contigo, la razón no tiene entrada en mi cabeza y muchas veces, desearía no despertar. Mi sueño es un mundo donde la magia fluye con libertad, donde todo es tan perfectamente imperfecto entre nosotros…, donde sólo nos dejamos guiar por nuestro amor. Al menos en mis sueños serás eterno; yo no sé por qué, pero no puedes escapar de ahí y yo no quiero esconderme de esa bella irrealidad.

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Ese 19 de septiembre…

—¿Sigue temblando?
—No, ya no…
—Entonces es el temblor que se me ha quedado en las manos.

La miré y en sus ojos vi el reflejo de mi propio terror… La cabeza aún me daba vueltas, sentía que en cualquier momento eso se iba a soltar otra vez.

***

Es un día como cualquier otro. Llego al trabajo y me pongo a platicar. De pronto, siento el suelo moverse. Miro a mi amiga y las dos, al unísono, decimos: «Está temblando». Nos ponemos de pie, yo con el celular en la mano… En el fondo de mi cabeza, una vocecita incrédula suelta: «Nah, sólo son los alumnos haciendo alguna actividad»; pero no dejo de moverme y salgo al estacionamiento, sin mirar atrás.
Afortunadamente, el espacio es pequeño y en ese momento el temblor parece haber amainado; más bien, me imagino una estampida como la de El rey león. De repente, la tierra da un jalón y se mueve con más fuerza. Me quedo paralizada, viendo cómo se mueven los coches y sintiendo que estos en cualquier momento nos van a aplastar.

A lo lejos, oigo gritos. «¿Gritos? ¡Sí, gritos, Lea! ¡Y no son lejanos!», pienso y salgo de mi estupor. A mi lado, mi amiga también reacciona y entonces ayudamos a los alumnos. Ya los hombres se habían adelantado: cada uno había cargado a alguna compañera, bajando a toda prisa. Nosotras, desde abajo, sólo las jalábamos un poco para que bajaran los últimos escalones de esa mentada escalera de metal.

—Tranquila, no pasa nada… Ayuda a tu compañero… Respira hondo… Ya pasó…

Entre las dos hablábamos con voz clara, tratando de infundir tranquilidad a los alumnos, a pesar de que nuestras manos temblaban como gelatinas. Repartíamos abrazos, dábamos consuelo y tratábamos de sonreír. El terror era colectivo; algunos tenían ataques de histeria, pero todos tratábamos de ayudar a los demás.

Una vez pasado el susto inicial, llamé a mis papás: las llamadas no salían, a pesar de que el celular decía que tenía señal. Intenté con el WhatsApp y tampoco funcionaba… «¡Mi hermano!», pensé, demasiado asustada. Un escalofrío recorrió mi espalda y empecé a desesperarme. «Es que… si aquí se sintió así, en el D. F. debe de haber estado peor…». Horrorizada, contemplé el relojito del whats, que indicaba que mi mensaje aún no se enviaba. Un minuto después, aparecieron las dos palomitas y sentí un ligero alivio. Al menos a mis padres ya les había llegado.

«Papá y yo bien. Vamos por ti y de ahí con tu hermano. ¿Vas o te quedas?», por fin pudo mandar mi mamá. Pensé de inmediato en que no me iba a quedar sola, así que mandé un simple «Voy» y respiré de nuevo, aún preocupada por mi hermano. Mi novio ya me había confirmado que él estaba bien, aunque en mi facultad se había sentido del nabo y todos estaban demasiado asustados, sobre todo porque mi salón es el más alejado y ni siquiera les dio tiempo de bajar…

El director de mi trabajo nos mandó a todos a casa para investigar cómo estaban nuestras respectivas familias. Mi amiga y yo nos sentamos a esperar, con el corazón desbocado, pues ella tampoco se había podido comunicar con su familia. La escuela se vació y ahí esperamos; lentamente y no sin cierto esfuerzo, nuestra respiración se normalizó.

Me empezaron a llegar mensajes preguntándome si estaba bien, a lo que respondía sencillamente que sí. Un amigo que vive en la Ciudad de México trató de tranquilizarme, diciéndome que mi hermano probablemente estaba bien y que la red pronto se restablecería. No fue sino hasta que recibí el mensaje de que la Torre Latino de Cuernavaca se había caído, que el corazón se me hizo chiquito y otra vez sentí miedo. Al principio no lo creímos; sin embargo, gracias a Facebook descubrimos que sí había ocurrido.

Ya había pasado una hora y mis papás no llegaban ni tenía noticias de mi hermano. Mi estómago estaba hecho un nudo, pues empezaban a salir reportes de edificios caídos tanto aquí como en la Ciudad de México. Comparaban el terremoto con el del 85; decían que la intensidad había sido mayor, aunque la magnitud no; que el epicentro había sido aquí, en Morelos… Eso era demasiado, yo sólo quería irme y saber de mi hermano; quería gritar y derrumbarme, pero sabía que si lo hacía, me perdería en el vacío y no sabría cómo salir de ahí. Me contuve.

Finalmente llegaron por mí. Mi amiga y yo caminamos a la avenida y ahí nos separamos, pues a ella también le urgía llegar a su casa. Cuando encontré a mi papá, mi mamá ya se había bajado del coche, así que nos fuimos a un Oxxo cercano a esperarla. Bajaban ríos de estudiantes que venían de la universidad, ya que el tránsito estaba atorado hacia cualquier dirección. Unos minutos después, mi mamá regresó y enfilamos a la capital.

El trayecto de Cuernavaca a la Ciudad de México normalmente es de una hora; ese día, nos hicimos cuatro. Las noticias eran desalentadoras: edificios caídos, personas atrapadas, fugas de gas e incendios, pueblos casi desaparecidos… El horror seguía latente, pero la impotencia era aun peor.

Por fin, mi hermano mandó un mensaje en el que decía que estaba bien, y respiramos aliviados. Había muchas calles cerradas, gente caminando por las avenidas; a donde uno mirara, había caos. Y para colmo, empezaron a salir los primeros reportes de robos. Como si el temblor no hubiera sido lo suficientemente violento, llegaron esos cabrones a aprovecharse de la situación.

Todos sentimos alivio cuando mi hermano llegó al departamento. Y así acabó el día cero. Entre la tragedia de la Rébsamen, las explosiones, las llamadas preocupadas a toda la familia, la televisión prendida, los constantes «¿Ya te pudiste comunicar con fulanito» y las muchas réplicas que sucedieron al temblor, nos dormimos como hasta las tres de la mañana. Vaya, saber que estaba con mi familia hizo que me pudiera dormir.

Y al día siguiente, mi hermano y yo nos enfilamos directo al caos. Nos enteramos que a unas cuadras se había caído uno de los edificios de un multifamiliar, así que sentimos la necesidad de hacer algo. ¿Qué? No lo sabíamos con exactitud, pero no podíamos quedarnos quietos y acostados, a sabiendas de que se necesitaban manos. Yo salí en pants, botas y una playera desgastada; al fin y al cabo, no era un desfile de modas. Al llegar a la zona de desastre, me impresionó la rapidez de la gente para ayudar: había montañas de alimentos, botellas de agua, gente ojerosa y sonriente que decía «¡Ánimo!» o te ofrecía una torta.

Nos acercamos más a lo que quedaba del edificio. Un puño se levanta y un hombre grita «¡Silencio!». Uno tras otro, los puños se empiezan a levantar. Mientras se me cierra la garganta con una emoción que no logro identificar, yo también levanto el puño. El silencio es absoluto. Un minuto, dos, cinco… El ruido se reanuda. Haya sido o no una falsa alarma, la esperanza no ha muerto en las miradas de quienes están ahí.

Mi hermano y yo continuamos hacia adelante, buscando a alguien que nos dé indicaciones. Nos dicen que ahí ya están cubiertos, pero que apenas en la mañana varios edificios colapsaron y que, probablemente, allá necesiten manos. Nos vamos y mi hermano propone ir al Zócalo, pues sabe que de ahí están repartiendo las brigadas. Llegamos y a hacer fila. La explanada rebosa de vida, todo mundo quiere ayudar. No importa si son niños, adultos o ancianos…

Después de unas horas, el cuerpo me duele y sé que es hora de parar. De vuelta en el departamento, ayudo con lo que puedo a través de redes sociales. Sé que también eso es importante, al menos para estar al tanto de lo que ocurre.

Y al día siguiente, de regreso en Cuernavaca, ocurre lo mismo. Manos se necesitan en todos lados, esto no puede acabar. Los días pasan y la histeria por ayudar se va sosegando. Cada vez hay menos apoyo. No obstante, hay gente que no se ha cansado y que sigue brindando el apoyo que se necesita.

Los días se suceden, uno tras otro, con notas de heroísmo, a pesar de las cosas malas. Lo importante es lo que uno guarda: que México tiene una fuerza imparable, que la gente se levanta en la desgracia y mantiene viva la esperanza. Y esto apenas comienza…

Ha pasado un mes y un día desde aquel fatídico suceso. La vida continúa. Y yo sigo aquí, de pie y siendo la misma, pero al mismo tiempo, sé que no lo soy, exactamente como sé que nada volverá a ser igual… Esta vez soy yo quien deberá reconstruir su vida, a partir de los escombros que dejó el terremoto.