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Infinit[iv]os sin marca de tiempo

Sentir paz y mariposas. Reír hasta cerrar los ojos, enredada en instantes más que fugaces. Saborear la magia en una sonrisa. Infinit[iv]os sin marca de tiempo. Saltar del arcoíris hacia la incertidumbre del qué-pasará.

Viajar de imprevisto, persiguiendo la luna. Destello que habita en tus ojos y juguetea con mi cadera: desafiar el placer del instante para que nada sea casual. Querer recorrer el universo con las manos.

Desear mojarse bajo la lluvia mientras cuidan de ti, sumando clichés entre el vaivén de tus piernas. Confiar en nuevos futuros, porque esto es vida y hay que darlo todo con la mayor entrega. Decirles adiós a las noches nubladas y cambiarlas por otros lunares. Dejarse ser en medio de la nada.

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Rompecabezas

Intentaba escribir un poema, aunque un millón de palabras se me han atorado entre los dedos: colapsé en medio de todo lo que te quiero decir. Eres la razón por la que no ha funcionado con nadie más. Ya no quiero hablar de las estrategias que armé para evitarte; de hecho, he perdido la noción de quién busca a quién. Quiero romper los nudos y besarte después, reparar las grietas y nunca más alejarme.

Sabía que era una mala idea buscarnos; pero valgo tanta madre que siempre terminamos encontrándonos. Quiero huir… y que huyas conmigo. Sé que no lo harás: de postre no se sobrevive. ¿Sabes qué?, a la mierda la moral: sólo quiero des.ahogarme un poco entre tus piernas y amanecer en tu sonrisa. Quiero, quiero, quiero. Ya no quiero mentir.me más, porque siempre has sido quien me hizo creer en la magia.

Deshacer el rompecabezas una y otra vez. Nunca ser demasiado. Ser felices. Recorrer el infinito de tus a.brazos mientras la luna se recrea en mi cintura. Hilar los recuerdos, uno por uno, como cada domingo en la madrugada. Vagar por los balcones, buscando el fantasma de tu sonrisa. Hablar en infinitivo, porque no hemos vuelto a ser desde que te llevaste tus promesas en aquel taxi. La lista de adioses aún no se termina: ya me cansé de buscarte en otros rostros.

Otra pieza más que dejaste aquí: «Si pudiera, congelaría ese instante para volverlo eterno». He desgastado tanto esas palabras… Sé que se cumplieron, al menos en mi mente. Aún quiero. Sí, en presente, tanto como en pasado. Mensaje tras mensaje, el corazón ha vuelto a latir. Hay una chispa en la distancia: ¿tal vez sí, después de todo?

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Hortensias para no olvidar

¿Aún recuerdas cuando me preguntaste si ese amor ya había muerto? La respuesta siempre fue no, pero me daba miedo. Teníamos nuestra flor y una canción; momentos cursis, sonrisas fugaces. Las calles de Cuernavaca se encuentran impregnadas de ti, siguen siendo mis lugares favoritos.

Traté de sobreponer otras burbujas, otras palomas, otras risas, otras bocas. Es inútil: me vuelvo imbécil cuando se trata de ti. Ya ni siquiera paso por ese hotel; las piernas me tiemblan, me muerdo los labios y mi pulso se acelera: siempre será nuestra primera vez.

El alfabeto no me alcanza para decirte lo que quiero, que te… No, mejor olvídalo. Ya no sé quién eres y tampoco sabes quién soy yo. El tiempo y la distancia no convergen, las nostalgias se desvanecen… Mis sentidos se despiertan: mis manos comienzan a buscarte entre mis pliegues.

Deseo y frenesí, caricias frías justo antes de partir. Me vuelvo Erató y Erato te llamo. Un viaje al mar, te escribo mejor: me transformé en diosa y tú regresaste al mito; no más culto por rendirte. Después de la tormenta, sólo quedan los hubiera y las sillas en el porche. Deshojo las hortensias, confundidas con mis ganas de no olvidar.

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De las noches que despierto sin ti

Abro el cajón de mi buró: las palabras comienzan a golpearme. No tienen remitente; pero qué más da, si no lo necesito. Las he grabado en cada grieta de mi cuerpo mientras te buscaba a través de mis noches insomnes. Los años pasan y la luna en mi muñeca confirma que siempre fue tu magia.

¿Cuántas veces he escuchado que el tiempo lo cura todo? Nunca he dejado de llover, sobre todo cuando me buscas en mis sueños. Sé que no puede ser amor, sólo me arrepiento; sin embargo, si el mundo terminara mañana, tal vez quieras venir y ver el atardecer que nunca vimos. El último beso, un postre final, que el incendio de tu boca nos consuma.

Construí un muro contra ti. Por lo visto, jamás funcionó. Y el hubiera siempre será nuestro hilo rojo. Avanzo y mi brújula te señala: soy obstinada y me dirijo al lado contrario. Saber que siempre serás el que se fue no me deja respirar. Me escondo detrás de tu piel, me reflejo en tu sonrisa. ¿Dónde nos perdimos? Nadie quiere hablar del miedo que da sentir, del terror por el futuro juntos que nada más imaginamos, porque aún éramos jóvenes.

Quise pedirte que te quedaras, a pesar de tener diecinueve, veintidós y hasta veintiséis. A mis treinta ya es muy tarde. Hemos dejado de ser, aunque seguimos buscándonos. Hay cicatrices que siempre dolerán, lo sé. Tu ciudad no guarda mi fantasma; pero yo aquí te siento en cada quiosco, en cada burbuja, en cada nieve… Nunca vencimos al adiós.

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Pizca de amor

Mendigo palabras y gestos dulces:
lugares comunes, espiral.
Palabras al azar.
Mar.
Sal.
Gaviota.
Colibrí.
Miel.

Y entonces recuerdo la madera de su piel.
Luna.
Nubes.
Balcón.
Dolor.
Olvido.
Abuela.
Margarita.
Sí, así es mejor.

Por un instante dejé de ser la misma. Al menos sigo siendo quien me gusta ser. No necesito rima ni refugio: soy mi propio caos y fortaleza.

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Razones para no volver

27 de septiembre de 2019

Estoy frente a la máquina de escribir y una hoja en blanco. Entre la nostalgia de esta fecha y mi shot  hormonal, comienzo a enlistar los diez motivos por los que no es una buena idea que volvamos:

  1. Éramos demasiado impulsivos.
  2. Nos amábamos en medio de otras historias.
  3. El miedo de que no funcionara.
  4. Las risas: antes, después y durante.
  5. Los adioses a medias, jamás definitivos.
  6. Neruda y su manía de escribir los versos más tristes todas las noches.
  7. Cuatro noches invictas en mi lista de noches favoritas. Y debo confesarte algo: diez años después, sólo tengo cinco.
  8. Perseguir palomas en el kiosko.
  9. La sonrisa que tenías conmigo y que guardé en las fotos que no se perdieron.
  10. Todos los viajes y los postres que nos faltaron por hacer.

En realidad, estaba buscando las razones para soltarte, hasta que me di cuenta de que las anteriores eran las mismas para buscarte. Y heme aquí, lamentando que el miedo fuera más grande que el amor. Sí, como los clichés que tanto odiabas. Es que nuestra ruptura sonaba a Katy Perry.

Al menos tengo una idea clara: he decidido romsolt… aflojar el hilo que nos ataba. Me costó escribirlo. Pensé que lo tenía claro, pero ya ves que no. Lo borré varias veces hasta que me convencí de que era lo mejor. En medio de tanta incertidumbre, dejaré la rendija abierta para un tal vez. Al menos sé que he vuelto a creer en la magia, incluso en otros balcones.

Tuya,
la que siempre te hizo reír.

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Mi abuelo

Lo recuerdo sentado, sonriéndome mientras tocaba en su piano centenario. Tenía unas manos grandes, muy pesadas y cubiertas de las manchas propias de la edad, sobre su piel morena: las movía con fluidez, mientras la melodía se metía en mi cabeza y conmovía cada fibra de mi pequeño ser. Beethoven en sus manos me emocionaba, como casi todo lo que hacía.

Era ese pilar robusto que me enseñaba groserías y a jugar con la cristalería de mi abuela. «¡Caaarlooos!, deja de enseñarle esas cosas a la niña», gritaba mi abuela desde la cocina, mientras él se reía a carcajadas, equilibrando un palo de escoba y una copa en la punta. Su risa era mi mundo, grave y sonora, con la nota ronca del enfisema que tanto miedo me daba. «Repite conmigo: “Leche bronca, bronca, bronca…”», y ahí iba yo repitiéndolo todo, porque para mí su palabra era ley. Sé que había más que ese «cabrón», pero el «¡Papá!» firme de mi mamá le puso fin a nuestro ataque de risa; me guiñó un ojo y se escapó de ella entre risitas.

Las leyes del decoro y la decencia no existían en su casa: salía en bata, calzones y chanclas a revisar el buzón; se fumaba unas varias cajetillas al día, y en su cuarto siempre flotaba una nube de humo. Sé que sigue visitándonos, porque su baño y mi recámara —que era suya antes que mía— a veces huelen a cigarro; no cabe duda de que sigue cuidándome, como cuando tenía 9 años y ya nunca regresó…

Hace veintiún años que no está, pero sigue siendo mi héroe y mi modelo; rebelde, con un corazón enorme y los chiflidos de arriero que me lastimaban los tímpanos. Veinte años y sigo recordando cómo raspaba su barba a propósito contra mi mejilla, porque así era él: chingaquedito, con sus cinco nombres a cuestas, pero que acudía cuando lo llamaba «Bibi». Él era mi abuelo. Y sé que soy digna nieta de él.

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Morra a la mexicana

Soy esa morra llena de inseguridades: la que te escribe bonito y por dentro se está cagando de miedos. Soy la morra que te cuenta cuentos antes de irse a dormir; que se desnuda el alma con cada letra, mientras su boca recorre cada una de tus pecas. Soy esa morra a la que se le encienden los ojitos escuchando tus historias; esa que se prende cuando piensa en ti bajo las sábanas; la que te escribe poesía trillada y ordinaria.

Soy la típica morra que quiere que la veas como si nunca hubieras conocido a otra como ella; la que no se deja llevar por las apariencias, sino por los sentimientos. Soy la morra a la que le encanta desvelarse cuando le describes tus cielos y tormentas. Soy de esas morras que se emocionan con un simple «Hola» y quiere pensarte en su futuro; que te invita a cenar y a que jueguen videojuegos.

Sí, soy de esas morras… La que quiere un amor bonito mientras riegas un incendio entre sus piernas. En fin, que soy la morra que no le saca a enamorarse de ti.

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Tu nombre

Repito tu nombre cuando no estás; sobre todo cuando no estás. Y me atrapo in fraganti saboreando cada letra en mi boca, con cierta parsimonia. Es el significante que me remite a tu significado, que seas tú y no sea otro: unas manos que versan la música y la metáfora; una magia que me imbuye en ti, cuando nos abandonamos a ella; la elisión del vacío y de los miedos, mientras la ansiedad desaparece…

No es sólo despojarse de la ropa, sino desvanecerse en el ritmo de tu nombre. No se trata de que repares tus rupturas conmigo ni de que yo arregle las mías contigo, sino de descubrir quién soy cuando somos. Se trata de querernos libres y seguros, rompiendo el esquema de nuestra cotidianidad. Significa que te recrees en mi nombre y me nombres, ya sea en la distancia o muy cerca de ti. Y que perdamos y nos perdamos, con nudos y sin desenlaces. Es desbordarnos en compañía, entre pieles y películas, encendiendo los sentires entre tu universo y el mío.

En medio de la catarsis, te pronuncio.