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Los lunares de tu pecho

Soñé que volvía a besar uno a uno tus lunares, entretejiendo tus risas con la mía. Empiezan a sobrarme las razones para buscarte en cada piel morena en la que navego a las tres de la mañana. Estoy repitiendo la misma fórmula de siempre, porque odio escribirte cuando no me lees. Beber directamente de la botella; no vaya a ser que decidas aparecer, etéreo, mientras busco entre otras magias.

Ya no hay más sensualidad escondida ni causas dirigidas: déjame encallar entre tus piernas, aunque no seamos infinitos. He tirado los recuerdos y quemado las fotografías; ya no quiero ver más letras que te dancen. Escapar del laberinto, porque el amor no es Minotauro ni yo tu Teseo. He fallado deshaciendo los nudos. Cambiaré mejor la madeja…

Adiós: a lo que fuimos y que nunca volveremos a ser. Ningún 11:11 ha de salvarnos. Ninguna luna volverá a conjurar nuestra magia. Basta de desear lo imposible; anhelos obtusos de tu boca y la mía, jugando a ser uno que son dos. Confina las lágrimas, que nunca habrá otra primera vez. Imbuyámonos en un último nosotros; me urge desbordarme de tus caricias sin que repitas mi nombre. Comenzaré a mezclar otros para siempre, como la noche de Pulp y Aerosmith o en el mirador de las nostalgias adolescentes.

Sé que he dicho muchas mentiras; ésa de odiarte y cortar el hilo es una de las más grandes. Entonces me llega la contradicción: jamás seremos absolutos. Antagonizar el adiós que nunca llega y el naufragio en tus caricias. Repasar los daños y el nombre que susurro todas las noches. Vulnerar las grietas e irrumpir sin más. Tres mil cuatrocientas cincuenta y tres…, cuatro…, cinco… Aún no me he rendido. He convertido mi cuerpo en un lienzo para no olvidar.

No hay playa que no suspire tu nombre ni deseos que no lleven el mío. Te he escrito por diez años, reconociéndote en cada uno de mis pedazos. Danzar en el aire, espiral, nube y espuma. Deberíamos hacerlo una última vez. Y luego otra. Incluso hacerlo todas las veces que necesitemos, aunque rompamos el acuerdo. Anidemos en la luna, mientras des[em]bocas en mi cintura. Todo se ha vuelto nada y yo no sé dónde pisar.

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Rompecabezas

Intentaba escribir un poema, aunque un millón de palabras se me han atorado entre los dedos: colapsé en medio de todo lo que te quiero decir. Eres la razón por la que no ha funcionado con nadie más. Ya no quiero hablar de las estrategias que armé para evitarte; de hecho, he perdido la noción de quién busca a quién. Quiero romper los nudos y besarte después, reparar las grietas y nunca más alejarme.

Sabía que era una mala idea buscarnos; pero valgo tanta madre que siempre terminamos encontrándonos. Quiero huir… y que huyas conmigo. Sé que no lo harás: de postre no se sobrevive. ¿Sabes qué?, a la mierda la moral: sólo quiero des.ahogarme un poco entre tus piernas y amanecer en tu sonrisa. Quiero, quiero, quiero. Ya no quiero mentir.me más, porque siempre has sido quien me hizo creer en la magia.

Deshacer el rompecabezas una y otra vez. Nunca ser demasiado. Ser felices. Recorrer el infinito de tus a.brazos mientras la luna se recrea en mi cintura. Hilar los recuerdos, uno por uno, como cada domingo en la madrugada. Vagar por los balcones, buscando el fantasma de tu sonrisa. Hablar en infinitivo, porque no hemos vuelto a ser desde que te llevaste tus promesas en aquel taxi. La lista de adioses aún no se termina: ya me cansé de buscarte en otros rostros.

Otra pieza más que dejaste aquí: «Si pudiera, congelaría ese instante para volverlo eterno». He desgastado tanto esas palabras… Sé que se cumplieron, al menos en mi mente. Aún quiero. Sí, en presente, tanto como en pasado. Mensaje tras mensaje, el corazón ha vuelto a latir. Hay una chispa en la distancia: ¿tal vez sí, después de todo?

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Hortensias para no olvidar

¿Aún recuerdas cuando me preguntaste si ese amor ya había muerto? La respuesta siempre fue no, pero me daba miedo. Teníamos nuestra flor y una canción; momentos cursis, sonrisas fugaces. Las calles de Cuernavaca se encuentran impregnadas de ti, siguen siendo mis lugares favoritos.

Traté de sobreponer otras burbujas, otras palomas, otras risas, otras bocas. Es inútil: me vuelvo imbécil cuando se trata de ti. Ya ni siquiera paso por ese hotel; las piernas me tiemblan, me muerdo los labios y mi pulso se acelera: siempre será nuestra primera vez.

El alfabeto no me alcanza para decirte lo que quiero, que te… No, mejor olvídalo. Ya no sé quién eres y tampoco sabes quién soy yo. El tiempo y la distancia no convergen, las nostalgias se desvanecen… Mis sentidos se despiertan: mis manos comienzan a buscarte entre mis pliegues.

Deseo y frenesí, caricias frías justo antes de partir. Me vuelvo Erató y Erato te llamo. Un viaje al mar, te escribo mejor: me transformé en diosa y tú regresaste al mito; no más culto por rendirte. Después de la tormenta, sólo quedan los hubiera y las sillas en el porche. Deshojo las hortensias, confundidas con mis ganas de no olvidar.

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De las noches que despierto sin ti

Abro el cajón de mi buró: las palabras comienzan a golpearme. No tienen remitente; pero qué más da, si no lo necesito. Las he grabado en cada grieta de mi cuerpo mientras te buscaba a través de mis noches insomnes. Los años pasan y la luna en mi muñeca confirma que siempre fue tu magia.

¿Cuántas veces he escuchado que el tiempo lo cura todo? Nunca he dejado de llover, sobre todo cuando me buscas en mis sueños. Sé que no puede ser amor, sólo me arrepiento; sin embargo, si el mundo terminara mañana, tal vez quieras venir y ver el atardecer que nunca vimos. El último beso, un postre final, que el incendio de tu boca nos consuma.

Construí un muro contra ti. Por lo visto, jamás funcionó. Y el hubiera siempre será nuestro hilo rojo. Avanzo y mi brújula te señala: soy obstinada y me dirijo al lado contrario. Saber que siempre serás el que se fue no me deja respirar. Me escondo detrás de tu piel, me reflejo en tu sonrisa. ¿Dónde nos perdimos? Nadie quiere hablar del miedo que da sentir, del terror por el futuro juntos que nada más imaginamos, porque aún éramos jóvenes.

Quise pedirte que te quedaras, a pesar de tener diecinueve, veintidós y hasta veintiséis. A mis treinta ya es muy tarde. Hemos dejado de ser, aunque seguimos buscándonos. Hay cicatrices que siempre dolerán, lo sé. Tu ciudad no guarda mi fantasma; pero yo aquí te siento en cada quiosco, en cada burbuja, en cada nieve… Nunca vencimos al adiós.

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Pizca de amor

Mendigo palabras y gestos dulces:
lugares comunes, espiral.
Palabras al azar.
Mar.
Sal.
Gaviota.
Colibrí.
Miel.

Y entonces recuerdo la madera de su piel.
Luna.
Nubes.
Balcón.
Dolor.
Olvido.
Abuela.
Margarita.
Sí, así es mejor.

Por un instante dejé de ser la misma. Al menos sigo siendo quien me gusta ser. No necesito rima ni refugio: soy mi propio caos y fortaleza.

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Razones para no volver

27 de septiembre de 2019

Estoy frente a la máquina de escribir y una hoja en blanco. Entre la nostalgia de esta fecha y mi shot  hormonal, comienzo a enlistar los diez motivos por los que no es una buena idea que volvamos:

  1. Éramos demasiado impulsivos.
  2. Nos amábamos en medio de otras historias.
  3. El miedo de que no funcionara.
  4. Las risas: antes, después y durante.
  5. Los adioses a medias, jamás definitivos.
  6. Neruda y su manía de escribir los versos más tristes todas las noches.
  7. Cuatro noches invictas en mi lista de noches favoritas. Y debo confesarte algo: diez años después, sólo tengo cinco.
  8. Perseguir palomas en el kiosko.
  9. La sonrisa que tenías conmigo y que guardé en las fotos que no se perdieron.
  10. Todos los viajes y los postres que nos faltaron por hacer.

En realidad, estaba buscando las razones para soltarte, hasta que me di cuenta de que las anteriores eran las mismas para buscarte. Y heme aquí, lamentando que el miedo fuera más grande que el amor. Sí, como los clichés que tanto odiabas. Es que nuestra ruptura sonaba a Katy Perry.

Al menos tengo una idea clara: he decidido romsolt… aflojar el hilo que nos ataba. Me costó escribirlo. Pensé que lo tenía claro, pero ya ves que no. Lo borré varias veces hasta que me convencí de que era lo mejor. En medio de tanta incertidumbre, dejaré la rendija abierta para un tal vez. Al menos sé que he vuelto a creer en la magia, incluso en otros balcones.

Tuya,
la que siempre te hizo reír.

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Antes del fin del mundo

Antes de que se acabe todo y no sepamos si nos veremos más, quisiera acampar contigo, darte un beso bajo la lluvia y jugar con el Switch que conseguiremos prestado. Ya sabes: juntar todos los clichés y recrearlos uno por uno, porque me vuelvo boba imaginándolos.

Quiero que cocinemos la lasaña prometida, nos escapemos a los pueblitos sin gente y nos tomemos todas las fotos posibles. Ya sabes: hay que dejar huella, aunque el mundo se acabe y tú y yo dejemos de estar.

Sería bonito tirarnos en algún lugar a contar las estrellas que habitan tu cuerpo, enmarcar tus sonrisas y mostrarlas al mundo. Ya sabes: reír hasta doblarnos y ser felices, aunque no seamos adivinos del futuro.

Podríamos explorar un millón de rincones, dibujar unos cuantos destinos y no seguir ninguno de ellos, dejar que el viento nos dirija sin soltar tu mano. Ya sabes: ser uno y dos antes del fin del mundo.

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Morra a la mexicana

Soy esa morra llena de inseguridades: la que te escribe bonito y por dentro se está cagando de miedos. Soy la morra que te cuenta cuentos antes de irse a dormir; que se desnuda el alma con cada letra, mientras su boca recorre cada una de tus pecas. Soy esa morra a la que se le encienden los ojitos escuchando tus historias; esa que se prende cuando piensa en ti bajo las sábanas; la que te escribe poesía trillada y ordinaria.

Soy la típica morra que quiere que la veas como si nunca hubieras conocido a otra como ella; la que no se deja llevar por las apariencias, sino por los sentimientos. Soy la morra a la que le encanta desvelarse cuando le describes tus cielos y tormentas. Soy de esas morras que se emocionan con un simple «Hola» y quiere pensarte en su futuro; que te invita a cenar y a que jueguen videojuegos.

Sí, soy de esas morras… La que quiere un amor bonito mientras riegas un incendio entre sus piernas. En fin, que soy la morra que no le saca a enamorarse de ti.

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Elegía de las hortensias (o cuando se cumplieron diez años)

Yo traigo en el alma atorado tu recuerdo,
como brisa verde en un campo de flores.
Ese amor inmarcesible lleno de nomeolvides,
donde me pierdo entre la vida y el lamento.

¡Ay, cuán felices éramos sin saberlo,
mientras las calles nos ofrecían su pavimento!

Tu risa se apagó un día de primavera,
antes de que el llanto hiciera mella en el tormento.
La fugacidad del tiempo me quema entera,
al saber que ya no estoy más en tus silencios.

Todos nos volvemos la nostalgia de alguien,
mientras mi corazón se refugia en tu universo;
aunque ya no estés,
aunque no me ames,
aunque ya no seas.

Lenta,
cansina e
infructuosamente,
mi oquedad consume tu recuerdo.
No hay más rescoldos, ni siquiera un fuego,
Y el “hubiera” dejará siempre la puerta abierta.