Abu-abuelita

Tú tan ciento cuatro y yo tan treintaitrés. No sé que haré los 25, aunque nos seguirás abrazando desde donde estés. Ya no tendré tu mano agarrando la mía ni sumarás más arrugas a tu sonrisa ni cantarás como cuando te sentías inspirada. Ahora pintarás colibríes en las flores y trenzarás nomeolvides en el arcoíris.

Quería escribirte tanto, pero todavía me faltan mil palabras para describir esta nueva ausencia. Volví a sentirme niña, correteando en el jardín, persiguiendo los sueños que tejías para mí. Al menos me dijiste adiós sonriendo y así te guardaré conmigo: con tus ciento cuatro encima mientras trato de alcanzarte, aunque te prometo que sin prisas.

Hasta que nos volvamos a ver, abu-abuelita.

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Óleo sobre nubes

Para pintar en las nubes
necesito una golondrina,
regresar a mi infancia
y marearme un poquito.
No hacen falta quereres,
sólo sentirse segura y
dejar brotar las palabras
mientras anudo poemas.
Necesito llorar y reír
y girar y girar y girar,
cazando atardeceres
para pintar en las nubes.
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Cazadorxs de espejos y de nubes

Quiero acomodarte en todos mis planes, mientras cazamos dinosaurios en las nubes. Nos encontramos tras los espejos, como niñxs persiguiendo mariposas: condensamos los abrazos perdidos que no supieron darnos. Me siento en casa aunque estés a cincuenta y cuatro kilómetros de distancia, porque vales todo el espacio y hasta el universo que pintas en mi sonrisa. Que mis cicatrices sean leídas por tus labios; mejor he dejado la invisibilidad para otros juegos, porque me notas a cada paso. De ahora y enseguida comienzas a descifrar todos mis porqués, mis cómos, mis dóndes. Ni siquiera yo sabía cuánto los había enredado.

Dedicar las lunas, crecer como flores en pradera y provocar incendios con tu boca. Ser tú, ser yo, ser nosotrxs: me dibujo garabato sin ocultar quién soy. De pronto me hallo redescubriendo la primavera en tus pupilas, con jirones de poemas y sonrisas reinventadas. Conviertes mis anhelos en ritual: cobijas cada certeza y cada paso, afianzando mis sentires uno tras otro. Para expresar mi deseo me faltan tus lunares bajo mis manos, lloviendo caricias ínfimas que abrasan tu silueta. Cada que te veo se me encienden las luces de Navidad aunque sea verano: arcoíris persuasivo que me provoca firmar todas las cláusulas contigo.

Caleidoscopio camaleónico: nos hemos encontrado, ya no somos imposibles. Desagrietas las inseguridades con tu propia magia. De repente todas las piezas encajan y el aleteo ansioso ya no se oculta bajo el ombligo. Nos armamos rompecabezas en medio de la calma. Te hablé de auroras, bosques y galaxias, de lunas rotas y nudos corredizos, y de estrellas a punto de extinguirse porque sus universos colisionaron sin poderlo evitar. Hoy nos siento atemporales y atemporales nos prefiero.

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Re.encuentro

De tu lengua una delicia,
de tus ojos mi codicia:
sentir el mar sin su lamento
ni más postres venideros.

Romper la rima que trasciende empalagosa, porque de chicles y algodones ya no quiero otros amores. Y ahí voy, descubriendo los retazos de esta vida que me reta y me revuelve y caótica me encuentra: seré canela, azafrán y hierbabuena, magia y tormenta.

Déjame suspirar entre tu lengua,
tremor volátil que enciende;
danzar entre letras y placeres:
arrollo los adioses trastocados.

Tal vez nunca entienda tu propósito, Cupido, pero me vale el sentido. Quiero brillar y ser yo cuando me enamoro de cada par de ojos que me enseñan universos. Retozar entre caricias rotas y trocarnos eternos a mi manera. Seré real: en esta vida y en las siguientes.

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Entre lunas y luciérnagas

Me enamoré de la luna mucho antes de encontrar su reflejo en tu mirada. Puedo hablar de ella y sus instantes; de las magias y todas mis nostalgias, y de esas manos que una vez sembraron fuego y luz y estrellas. Resurjo entre quereres: fuiste y no, fui y no, fuimos, y ya.

Empiezo a buscarle el sentido al galimatías, como si hacer el amor lo tuviera. Ya mejor busco magia en otras manos: se me ha abierto el abanico de las posibilidades. ¿Y si mejor recurro a lo obsceno de los lugares comunes?, porque la inventiva se me perdió mientras te disipas en tu ayer.

Ya los 11:11 han cuarteado tu recuerdo. Es la misma luna, aunque he dejado de buscarte en ella: ya no quiero dedicarla sin ton ni son porque me gusta más esa otra sintonía. Deshago el rompecabezas: ya no faltan piezas ni brillos ni estrellas.

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Autobús hacia el futuro

Dieron las diez y tomé el último autobús a casa. Me despedí de ti en la terminal, aunque toda la tarde lo había estado haciendo. Les dije adiós a mis diecinueve y a tus veintitrés: las ausencias que nunca nombré quedaron flotando en mi mirada aunque no me quisiera ir.

238 días después y a reiniciar la cuenta en ceros; ni quién le dé tanta importancia al tiempo: sabemos que nuestro futuro es un entrelazar de caricias y sonrisas en medio de cien historias que no mencionamos. ¿Qué pasará si huyo al siguiente viaje? No importa a dónde me dirija, si en cada futuro te encontraré, me encontrarás y nos perderemos, aunque sea por un instante.

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Fragment[ad]os

Tocas el piano. Me centro en tus manos, las mismas que me recorrieron; tus dedos largos se mueven entre las teclas, imprimando la nostalgia en cada nota. Es imposible que me desborde, pero lo hago, porque eres tú y son tus manos en el piano. Y me dejas en visto, otra vez, con ese doble azul que me recuerda el miedo. I’m feeling kinda blue.

Die Zeit is schon angebrochen, and I was left with nothing. Este tiempo me encuentra en el multilingüismo, buscando la musicalidad en las palabaras: mi única herramienta para comunicarme. Entonces recuerdo: mensajes bien escritos, largos y detallados, que poco a poco dejan de lado la superficialidad de la primera charla y las banalidades cotidianas. Dejamos de ser aburridos grises; hemos conectado en medio de pequeñas ¿casualidades? Suddenly, I don’t wanna write anything more… Stop!

Ruhig, ganz ruhig, girl, y escucha el silencio… «Ah, claro, usemos ese oxímoron tan común», susurra mi autosabotaje. Bueno, entonces déjame sentir tu música en los ojos, porque, ya sabes…: la música siempre, siempre, se siente en la piel. “Love will tear us apart.” No, darling, love has already turn us apart. And I can’t feel you anymore. Y ya no puedo sentirte más. Und Ich kann dich nicht mehr fühlen. Et, merde…! Je n’en peux plus!

Entonces el sabor del vino se apodera de mi lengua; me distraigo de esa noche en la que no pude ser y que nos llevó al carajo. Y luego está el viaje programado y la incomodidad de verte obligado a ir conmigo, a pesar de que sólo estaba en tu mente. And again, double blue and I’m feeling blue. It’s a trap! No vayas ahí… Too late: las películas se / conocernos, sólo queríamos compartir nuestras soledades: between your Lovecraft and my eternal sunshine of a spotless mind. Not. Any. More.

C’es la vie, ¿qué no? Como ruleta rusa, como montaña rusa. Vaya, a los rusos sí que les gustan las emociones fuertes… A mí me falta el aire. Después de tantos años había dejado de sentir; ¡ni siquiera me había dado cuenta!, hasta que viví tu universo. De pronto vuelvo a ser the one who still believes in magic.

Lolita. Dejé de verla a ella para verte a ti. Volví a amar la lectura por placer. Volví a amar un libro. Descubrí los secretos de la noche entre sus páginas, susurrándome los significados que tú le dabas. Allí supe de tu magia. Me hablabas a través de las películas, pero no me era un lenguaje familiar y me costó trabajo descifrar; es más, aún sigo buscando el hilo blanco en medio de tu laberinto. La paciencia se esfumó y huiste en medio del silencio.

El dolor rompió en forma de relámpago lacerante. Dejé que la lluvia mojara mis penas en medio de los lugares comunes y se abriera paso entre las grietas doblegadas por las lágrimas. Tocas el piano. La música se infiltra por mis doquieres: sesgada y a trompicones. I don’t wanna feel you anymore. I don’t wanna miss a thing, no mientras mi voz abraza tu voz, fluyendo en sintonía. Porque es mi favorita. Porque yo no era demasiado. En cambio, dejé que mis inseguridades se metieran entre lo que éramos. Nos fuimos a la chingada…; sin embargo, sigo creyendo en la magia. Esto es el amor en tiempos de Tinder.

Podría verte tocar el piano una y otra y otra vez. Even if it wasn’t meant to be. Even if time was not fucking right. Es que nadie se enamora en la primera noche, o al menos es te pasa sólo una vez en la vida. Creíste que no te había escuchado cuando me dijiste que me quedara. Sabía que quería quedarme y nos dieron las tres de la mañana. Al igual que el para siempre, sé que te quedarás, even if you won’t stay.

Orgasmos mentales. Alcohol y luces psicodélicas. No fuimos mucho, después de todo. Al menos no más de lo que quisimos. Ya no. Sólo te extraño, aunque hayamos dejado de ser. I’m sooo wasted, y no debería. De pronto, vuelvo a esa maldita noche en la que me inhibí: cuando mi estúpida sensatez se protegió con la excusa de querer descubrir todos tus recovecos. Ay, la prosa…, no está…. No fluyó bien… No sé, el alcohol no ayuda. Niemals. Sólo desvarío con tu piel y el vértigo de quererte. Always. I should really, REALLY, stop! Scheiße! Mis pesares se disuelven en la nada. I started the fire. Feuer!

Observo cómo las letras escritas a lápiz —con premura, nervios, adrenalina— se desvanecen en cenizas: tu dedicatoria ya no está. Hasta ella me abandona. Un día a la vez. «No. Más. De. Ti». Let the ghost exist.

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Perdí.d.a

Respirar…
Uno…
Dos…
Tres…
Libertad.

Sanar, aunque me quiebre otra vez; sí, sigo siendo yo, pero ya no soy la misma. Las grietas comienzan a cerrar… Será mejor que no busque entre los escombros, no sea que provoque[s] otro terremoto. La verdad es que ya no quiero dedicar lunas sin ton ni son. Decidí soltar todos los hilos: rojos, dorados, índigos…, arcoíris suelto que no pertenece a mi urdimbre, ya no.

Vuelvo a los lugares donde un día imaginé que estaríamos: el aire me ahoga. Es como si tu ausencia lo llenara todo. Fuiste y no, fui y no, fuimos y ya. Ahora mi insomnio lleva otro nombre camuflado en las costillas. No hay anestesia contra el dolor. Guardo el silencio de todo lo que no [nos] diremos, mientras dejo que las palabras tomen ritmos indescifrables que sólo mi cabeza logra discernir. Me resguardo en ese remolino, buscando, buscando, buscando… hasta perder el rumbo.

Respirar.
Tres…
Dos…
Uno…
Llorar.

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Mandarinas para la niña

Para mí, era un día como cualquier otro; la única diferencia era que iríamos de visita con mis abuelos. Tenía tres años, mi hermano aún no había nacido y mi papá estaba de viaje, así que sólo estábamos mi mamá y yo. No era extraño visitar a mis abuelos; de hecho, yo lo disfrutaba sobremanera. Pero, parece ser que mi madre estaba un poco enferma y, con tal de no preocuparse mucho por mí, decidió manejar hasta Cuernavaca para quedarnos a cargo de sus padres. ¡Qué divertido! Estar con ellos era lo que toda niña podía desear: todo el día jugaban conmigo, me leían cuentos, es más, tenían una tina en el baño. Vaya, ¡una tina! Era casi como una alberca, con espumas que traían mis personajes de Disney favoritos y aromas a chicle o algodón de azúcar. Si alguien me preguntara por los momentos más felices de mi vida, definitivamente serían estos.

Pero bueno, creo que ya me estoy desviando de mi historia. El caso es que ese día, mi mamá tenía un resfriado muy fuerte; ya sabes: dolor de cabeza, ojos llorosos, escalofríos… Y el médico, aparte del coctel de medicamentos, le había recetado reposo absoluto. ¿Tienes idea de lo que es eso cuando tienes a tu cuidado a una pequeña diablilla que a todas horas demanda tu atención? Sí, bueno, yo era tranquila, pero no era más que una niña, al fin y al cabo. Así que mi mamá agarró nuestros triques y ¡vámonos a Cuernavaca! En cuanto llegamos, mis abuelos se hicieron cargo de la situación, dándole a mamá el descanso que necesitaba.

Luego de varias horas, me había quedado a solas con mi abuela. Estábamos las dos sentadas en su recámara, viendo una novela y comiendo mandarinas. Mi madre estaba dormida, por lo que no hacíamos ruido, para no molestarla. Mi abuela me pasaba una mandarina, yo la pelaba y aventaba la cáscara para atrás. ¿Cuántas mandarinas comimos? La verdad, no lo sé… Pero según mi mamá, en un momento dado se despertó y la casa estaba en completo silencio; incluso pensó que nos habíamos ido. Se levantó de puntillas y se asomó a la habitación. Levantó los ojos al cielo en cuanto vio el espectáculo que ofrecíamos mi abuela y yo: sentadas a la orilla de la cama, con un montoncito de mandarinas junto a mi abuela, mientras las cáscaras volaban en cualquier dirección y aterrizaban en la cama, los muebles y el suelo. Se rió quedito y regresó a su recámara. Ya después arreglaría mi desastre…

No, nadie nunca me regañó por eso. ¿Por qué? Bueno, porque en algún momento aprendería que tenía que tirar las cáscaras en la basura, no en el piso. Y así, cuando era pequeña, me dejaron ser.