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Geografía

Viajé al país de los recuerdos, visité la colina de las nostalgias, exploré el paisaje de tu sonrisa. Caminé por el sendero de tus ojos y le inventé un nuevo nombre. Jugué un rato en la laguna de las ilusiones, hasta llegar al océano recóndito de tus abstracciones. Ahí me abrumó su vastedad, tanto que decidí quedarme un rato en la playa de tu cuerpo. Tu aroma de madera y sal me embriagaba, hasta que tus pensamientos comenzaron a fluir. Llegamos al clímax intelectual, construyendo castillos en la arena y jugando en las olas de tu cintura.

Fue entonces cuando el mar de tu boca terminó por inundarme.

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Cuando cae la noche

Cuando cae la noche y el viento con fuerza me abraza, siento tus labios tan frescos y suaves en mi frente.

Cuando cae la noche y las flores nocturnas liberan su fragancia, tu aroma de madera y azafrán se desprende de mi almohada.

Cuando cae la noche y la luna me envuelve en su luz, siento tus brazos tan firmes y tiernos alrededor de mi cintura.

Cuando cae la noche y miles de luciérnagas su danza comienzan, tus ojos de obsidiana me miran desde la oscuridad.

Cuando cae la noche y la niebla empieza a espesar, siento tu presencia muy cerca de mí con total claridad.

Cuando cae la noche y la magia nos imbuye, es entonces cuando te vuelves parte de la realidad.

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Felicidad

No creo en lo efímero del tiempo
ni en la fugacidad de tu recuerdo;
yo creo en lo sublime del amor
mientras cuento tus lunares
y recorro tus silencios.
No oigo más el tic tac del reloj
y se me ha acabado el miedo.
Brillas tan suave como la luna
cuando te pierdes en mi cintura,
tus manos reinventan mis sentidos
y bailo al ritmo de tus abrazos.
Somos del tiempo sus viajeros,
pintando canciones y sueños,
dibujando suspiros en las nubes.

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Infinito

Seremos infinito…
Cuando me pierda en tus palabras y tú en mis silencios. Cuando en tus silencios me imbuya y tú en mis palabras te enredes.
Sí, quiero que seamos infinito: nada de espacios, ni tiempos, ni ataduras. Visibles e invisibles: así seremos. Entre caricias y juegos, hagamos que valga la pena.
Te quiero aquí conmigo, perdidos en el infinito, porque en ti es donde me encuentro. Alarguemos la noche, soñemos despiertos, seamos ilusos, amémonos en silencio… Porque eres ruido y caos y atrevimiento, mas a pesar de todo eso te quiero.
Infinito, te anhelo.

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Ícaro mujer

Palideció visiblemente cuando leyó su respuesta: «Vete, no te convengo». Quería llorar y que él la consolara…; en cambio, acarició la pantalla de la computadora como si lo pudiera tocar a través del cristal. Antes le había dicho que la destruiría, porque tenía ese extraño placer de hacerlo cuando sentía miedo. Sí, en realidad sólo la estaba protegiendo… Pero ella quería volar cerca del sol, su sol, sin importarle que se quemaran sus alas.
Tal vez debería luchar un poco más por él, convencerlo. Después de todo ese tiempo, se sentiría extraña si él desaparecía. Y ella ya se había acostumbrado a sentirse viva cada vez que él la tocaba en sueños.
Abrió el programa para enviarle un mensaje, un último y débil aleteo que evitara su caída. Se tomó la cara con las manos y negó con la cabeza, vacía de emociones. Ya la había bloqueado. Oh, no, el obstinado resultó ser él: el arcoiris había sido demasiado, demasiado, d e m a s i a d o…

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Mandarinas para la niña

Para mí, era un día como cualquier otro; la única diferencia era que iríamos de visita con mis abuelos. Tenía tres años, mi hermano aún no había nacido y mi papá estaba de viaje, así que sólo estábamos mi mamá y yo. No era extraño visitar a mis abuelos; de hecho, yo lo disfrutaba sobremanera. Pero, parece ser que mi madre estaba un poco enferma y, con tal de no preocuparse mucho por mí, decidió manejar hasta Cuernavaca para quedarnos a cargo de sus padres. ¡Qué divertido! Estar con ellos era lo que toda niña podía desear: todo el día jugaban conmigo, me leían cuentos, es más, tenían una tina en el baño. Vaya, ¡una tina! Era casi como una alberca, con espumas que traían mis personajes de Disney favoritos y aromas a chicle o algodón de azúcar. Si alguien me preguntara por los momentos más felices de mi vida, definitivamente serían estos.

Pero bueno, creo que ya me estoy desviando de mi historia. El caso es que ese día, mi mamá tenía un resfriado muy fuerte; ya sabes: dolor de cabeza, ojos llorosos, escalofríos… Y el médico, aparte del coctel de medicamentos, le había recetado reposo absoluto. ¿Tienes idea de lo que es eso cuando tienes a tu cuidado a una pequeña diablilla que a todas horas demanda tu atención? Sí, bueno, yo era tranquila, pero no era más que una niña, al fin y al cabo. Así que mi mamá agarró nuestros triques y ¡vámonos a Cuernavaca! En cuanto llegamos, mis abuelos se hicieron cargo de la situación, dándole a mamá el descanso que necesitaba.

Luego de varias horas, me había quedado a solas con mi abuela. Estábamos las dos sentadas en su recámara, viendo una novela y comiendo mandarinas. Mi madre estaba dormida, por lo que no hacíamos ruido, para no molestarla. Mi abuela me pasaba una mandarina, yo la pelaba y aventaba la cáscara para atrás. ¿Cuántas mandarinas comimos? La verdad, no lo sé… Pero según mi mamá, en un momento dado se despertó y la casa estaba en completo silencio; incluso pensó que nos habíamos ido. Se levantó de puntillas y se asomó a la habitación. Levantó los ojos al cielo en cuanto vio el espectáculo que ofrecíamos mi abuela y yo: sentadas a la orilla de la cama, con un montoncito de mandarinas junto a mi abuela, mientras las cáscaras volaban en cualquier dirección y aterrizaban en la cama, los muebles y el suelo. Se rió quedito y regresó a su recámara. Ya después arreglaría mi desastre…

No, nadie nunca me regañó por eso. ¿Por qué? Bueno, porque en algún momento aprendería que tenía que tirar las cáscaras en la basura, no en el piso. Y así, cuando era pequeña, me dejaron ser.

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Café para dos

Tomo la taza de café entre mis manos. Doy un sorbo y me pierdo en su aroma. Y de pronto, recuerdo ese otro café: el que nos tomábamos cada mañana, el de tu piel, el de tus iris… y cómo tus manos contrastaban cuando acariciaban entre mis piernas. Oh, no… Mi mente está divagando, otra vez; se ha perdido en ese café amaderado que me estremecía.

Sacudo la cabeza y bebo otro sorbo, esta vez un poco más pequeño. Mi corazón se tranquiliza y puedo volver a sonreír. ¿Te has dado cuenta de cómo mi mente sigue jugándome sucio cada vez que tomo café? Es como si de repente estuvieras nuevamente aquí, mirándome como sólo tú sabes hacerlo. Me sonríes, y yo, hipnotizada una vez más, te devuelvo la sonrisa.

Ah, bendito café que despierta mis anhelos por tu boca, tus manos y tu piel. Respiro profundo, y el delicioso aroma de mi taza inunda mi ser. Soy incapaz de detener los recuerdos.

Ahora estás aquí, como antaño, sonriéndome juguetón. Y me miras cual pantera dispuesta a cazar a su presa: yo. Jadeo, perdida en tus pupilas oscuras, ávidas de deseo, y mis manos se mueven frenéticas, sin poder evitarlo.

«Ven», me llamas. Dejo escapar un suspiro y acudo a ti, dominada por la sensualidad de tu voz. Necesito más café…

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La escritura en mí

Escribo. ¿Y desde cuándo lo hago? Desde que tengo uso de razón. Cuando estaba en la primaria, había un montón de talleres extracurriculares y, bueno, uno de ellos se llamaba «Imaginación». Recuerdo que yo estaba en 1° de primaria, mientras que mis compañeros eran de 4° o 5°, niños grandes que ahora ni siquiera recuerdo. Mi memoria de esa época es algo difusa, salvo un cuento que escribí sobre un pececillo dorado.

Básicamente, siempre he escrito lo que se me ocurre, sin pensar demasiado. Antes de entrar a la universidad, mi madre tenía una técnica muy buena para corregir lo que escribía: me hacía releer el texto y me preguntaba dónde había errores. Por fortuna para mí, ella redacta bastante bien, mientras que mi padre tiene muy buena ortografía. Nunca batallé por ese lado, así que con el paso de los años, las dificultades de redacción fueron desapareciendo.

Por otro lado, mis clases de español fueron superiores a ninguna, al menos durante los tres primeros años de la Primaria; veíamos sintaxis avanzada, la misma que apenas en la universidad comencé a re-aprender nuevamente. No fue sino hasta ahora que puedo darme cuenta de la educación privilegiada que tuve…

Además, a la hora de escribir siempre me ha ayudado mi gusto por la lectura. No estoy segura de si he copiado algún estilo, pero sé que sí ha influido en los temas y tipo de textos que me gusta crear. Por ejemplo, J. R. R. Tolkien y El señor de los anillos me han guiado a través de la fantasía; gracias a Dumas y Los tres mosqueteros, he podido mejorar un poco la intriga, y las ideas amorosas las he tomado de Jane Eyre o Mujercitas, entre otros muchos autores.

Y cuando era adolescente, fascinada por El diario de Ana Frank, me dispuse a escribir un diario. Oh, no, para nada, no lo he vuelto a abrir…; pero el caso es que lo hice. Sólo sé que escribí las tragedias comunes de una típica adolescente y que ahora me causan mucha gracia; sobre todo porque son recuerdos de una época muy divertida.

Después, cuando regresé de Alemania, combiné mis escritos con el alemán, con el fin de que se mantuviera secreto. Aunque eso sí, siempre es más fácil escribir en mi lengua materna que en alemán, a pesar de la relativa fluidez que adquirí después de nueve meses allá. No obstante, en algunas ocasiones me gusta más usar ciertas interjecciones y expresiones en alemán.

A pesar de escribir por gusto, también debo escribir en el trabajo. No está dentro de mis funciones, pero a veces hay que dar avisos formales o informes, y mi jefa me da esa oportunidad. Eso sí me cuesta un poco más de trabajo, pero a mí me sirve de experiencia. Y, por extraño que parezca, me resulta divertido.

Por último, casi todo lo que he escrito, lo he hecho por y para mí, aunque algún día me gustaría publicar algo. Hace poco tiempo comencé a mostrar algunos textos a la gente cercana a mí, mas nunca con otro fin que el del desahogo y entretenimiento personales. Espero que en el futuro pueda dejar atrás mis miedos y logre hacer algo bueno con ese placer que me da escribir…

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Delirio nocturno

Sutilmente te apoderas de mis sueños. Tu presencia se pierde en un laberinto de recuerdos, yo misma pierdo la noción de mi ser. Te fundes en mí sin ser consciente de lo que provocas…

Sólo soy un alma soñadora que extraña tu esencia en la almohada; la luna se refleja sobre el fantasma que dejaste en mi cama. Apaga la luz y apodérate de mis pensamientos, dame otra noche de tierna pasión, llena mis pulmones de tu aliento y déjame beber de tus labios la miel. Sé el dueño de éste, mi dulce delirio, pues yo ya soy esclava de éstas, tus suaves caricias.

Porque cada vez que sueño contigo, la razón no tiene entrada en mi cabeza y muchas veces, desearía no despertar. Mi sueño es un mundo donde la magia fluye con libertad, donde todo es tan perfectamente imperfecto entre nosotros…, donde sólo nos dejamos guiar por nuestro amor. Al menos en mis sueños serás eterno; yo no sé por qué, pero no puedes escapar de ahí y yo no quiero esconderme de esa bella irrealidad.

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Ese 19 de septiembre…

—¿Sigue temblando?
—No, ya no…
—Entonces es el temblor que se me ha quedado en las manos.

La miré y en sus ojos vi el reflejo de mi propio terror… La cabeza aún me daba vueltas, sentía que en cualquier momento eso se iba a soltar otra vez.

***

Es un día como cualquier otro. Llego al trabajo y me pongo a platicar. De pronto, siento el suelo moverse. Miro a mi amiga y las dos, al unísono, decimos: «Está temblando». Nos ponemos de pie, yo con el celular en la mano… En el fondo de mi cabeza, una vocecita incrédula suelta: «Nah, sólo son los alumnos haciendo alguna actividad»; pero no dejo de moverme y salgo al estacionamiento, sin mirar atrás.
Afortunadamente, el espacio es pequeño y en ese momento el temblor parece haber amainado; más bien, me imagino una estampida como la de El rey león. De repente, la tierra da un jalón y se mueve con más fuerza. Me quedo paralizada, viendo cómo se mueven los coches y sintiendo que estos en cualquier momento nos van a aplastar.

A lo lejos, oigo gritos. «¿Gritos? ¡Sí, gritos, Lea! ¡Y no son lejanos!», pienso y salgo de mi estupor. A mi lado, mi amiga también reacciona y entonces ayudamos a los alumnos. Ya los hombres se habían adelantado: cada uno había cargado a alguna compañera, bajando a toda prisa. Nosotras, desde abajo, sólo las jalábamos un poco para que bajaran los últimos escalones de esa mentada escalera de metal.

—Tranquila, no pasa nada… Ayuda a tu compañero… Respira hondo… Ya pasó…

Entre las dos hablábamos con voz clara, tratando de infundir tranquilidad a los alumnos, a pesar de que nuestras manos temblaban como gelatinas. Repartíamos abrazos, dábamos consuelo y tratábamos de sonreír. El terror era colectivo; algunos tenían ataques de histeria, pero todos tratábamos de ayudar a los demás.

Una vez pasado el susto inicial, llamé a mis papás: las llamadas no salían, a pesar de que el celular decía que tenía señal. Intenté con el WhatsApp y tampoco funcionaba… «¡Mi hermano!», pensé, demasiado asustada. Un escalofrío recorrió mi espalda y empecé a desesperarme. «Es que… si aquí se sintió así, en el D. F. debe de haber estado peor…». Horrorizada, contemplé el relojito del whats, que indicaba que mi mensaje aún no se enviaba. Un minuto después, aparecieron las dos palomitas y sentí un ligero alivio. Al menos a mis padres ya les había llegado.

«Papá y yo bien. Vamos por ti y de ahí con tu hermano. ¿Vas o te quedas?», por fin pudo mandar mi mamá. Pensé de inmediato en que no me iba a quedar sola, así que mandé un simple «Voy» y respiré de nuevo, aún preocupada por mi hermano. Mi novio ya me había confirmado que él estaba bien, aunque en mi facultad se había sentido del nabo y todos estaban demasiado asustados, sobre todo porque mi salón es el más alejado y ni siquiera les dio tiempo de bajar…

El director de mi trabajo nos mandó a todos a casa para investigar cómo estaban nuestras respectivas familias. Mi amiga y yo nos sentamos a esperar, con el corazón desbocado, pues ella tampoco se había podido comunicar con su familia. La escuela se vació y ahí esperamos; lentamente y no sin cierto esfuerzo, nuestra respiración se normalizó.

Me empezaron a llegar mensajes preguntándome si estaba bien, a lo que respondía sencillamente que sí. Un amigo que vive en la Ciudad de México trató de tranquilizarme, diciéndome que mi hermano probablemente estaba bien y que la red pronto se restablecería. No fue sino hasta que recibí el mensaje de que la Torre Latino de Cuernavaca se había caído, que el corazón se me hizo chiquito y otra vez sentí miedo. Al principio no lo creímos; sin embargo, gracias a Facebook descubrimos que sí había ocurrido.

Ya había pasado una hora y mis papás no llegaban ni tenía noticias de mi hermano. Mi estómago estaba hecho un nudo, pues empezaban a salir reportes de edificios caídos tanto aquí como en la Ciudad de México. Comparaban el terremoto con el del 85; decían que la intensidad había sido mayor, aunque la magnitud no; que el epicentro había sido aquí, en Morelos… Eso era demasiado, yo sólo quería irme y saber de mi hermano; quería gritar y derrumbarme, pero sabía que si lo hacía, me perdería en el vacío y no sabría cómo salir de ahí. Me contuve.

Finalmente llegaron por mí. Mi amiga y yo caminamos a la avenida y ahí nos separamos, pues a ella también le urgía llegar a su casa. Cuando encontré a mi papá, mi mamá ya se había bajado del coche, así que nos fuimos a un Oxxo cercano a esperarla. Bajaban ríos de estudiantes que venían de la universidad, ya que el tránsito estaba atorado hacia cualquier dirección. Unos minutos después, mi mamá regresó y enfilamos a la capital.

El trayecto de Cuernavaca a la Ciudad de México normalmente es de una hora; ese día, nos hicimos cuatro. Las noticias eran desalentadoras: edificios caídos, personas atrapadas, fugas de gas e incendios, pueblos casi desaparecidos… El horror seguía latente, pero la impotencia era aun peor.

Por fin, mi hermano mandó un mensaje en el que decía que estaba bien, y respiramos aliviados. Había muchas calles cerradas, gente caminando por las avenidas; a donde uno mirara, había caos. Y para colmo, empezaron a salir los primeros reportes de robos. Como si el temblor no hubiera sido lo suficientemente violento, llegaron esos cabrones a aprovecharse de la situación.

Todos sentimos alivio cuando mi hermano llegó al departamento. Y así acabó el día cero. Entre la tragedia de la Rébsamen, las explosiones, las llamadas preocupadas a toda la familia, la televisión prendida, los constantes «¿Ya te pudiste comunicar con fulanito» y las muchas réplicas que sucedieron al temblor, nos dormimos como hasta las tres de la mañana. Vaya, saber que estaba con mi familia hizo que me pudiera dormir.

Y al día siguiente, mi hermano y yo nos enfilamos directo al caos. Nos enteramos que a unas cuadras se había caído uno de los edificios de un multifamiliar, así que sentimos la necesidad de hacer algo. ¿Qué? No lo sabíamos con exactitud, pero no podíamos quedarnos quietos y acostados, a sabiendas de que se necesitaban manos. Yo salí en pants, botas y una playera desgastada; al fin y al cabo, no era un desfile de modas. Al llegar a la zona de desastre, me impresionó la rapidez de la gente para ayudar: había montañas de alimentos, botellas de agua, gente ojerosa y sonriente que decía «¡Ánimo!» o te ofrecía una torta.

Nos acercamos más a lo que quedaba del edificio. Un puño se levanta y un hombre grita «¡Silencio!». Uno tras otro, los puños se empiezan a levantar. Mientras se me cierra la garganta con una emoción que no logro identificar, yo también levanto el puño. El silencio es absoluto. Un minuto, dos, cinco… El ruido se reanuda. Haya sido o no una falsa alarma, la esperanza no ha muerto en las miradas de quienes están ahí.

Mi hermano y yo continuamos hacia adelante, buscando a alguien que nos dé indicaciones. Nos dicen que ahí ya están cubiertos, pero que apenas en la mañana varios edificios colapsaron y que, probablemente, allá necesiten manos. Nos vamos y mi hermano propone ir al Zócalo, pues sabe que de ahí están repartiendo las brigadas. Llegamos y a hacer fila. La explanada rebosa de vida, todo mundo quiere ayudar. No importa si son niños, adultos o ancianos…

Después de unas horas, el cuerpo me duele y sé que es hora de parar. De vuelta en el departamento, ayudo con lo que puedo a través de redes sociales. Sé que también eso es importante, al menos para estar al tanto de lo que ocurre.

Y al día siguiente, de regreso en Cuernavaca, ocurre lo mismo. Manos se necesitan en todos lados, esto no puede acabar. Los días pasan y la histeria por ayudar se va sosegando. Cada vez hay menos apoyo. No obstante, hay gente que no se ha cansado y que sigue brindando el apoyo que se necesita.

Los días se suceden, uno tras otro, con notas de heroísmo, a pesar de las cosas malas. Lo importante es lo que uno guarda: que México tiene una fuerza imparable, que la gente se levanta en la desgracia y mantiene viva la esperanza. Y esto apenas comienza…

Ha pasado un mes y un día desde aquel fatídico suceso. La vida continúa. Y yo sigo aquí, de pie y siendo la misma, pero al mismo tiempo, sé que no lo soy, exactamente como sé que nada volverá a ser igual… Esta vez soy yo quien deberá reconstruir su vida, a partir de los escombros que dejó el terremoto.