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Razones para no volver

27 de septiembre de 2019

Estoy frente a la máquina de escribir y una hoja en blanco. Entre la nostalgia de esta fecha y mi shot  hormonal, comienzo a enlistar los diez motivos por los que no es una buena idea que volvamos:

  1. Éramos demasiado impulsivos.
  2. Nos amábamos en medio de otras historias.
  3. El miedo de que no funcionara.
  4. Las risas: antes, después y durante.
  5. Los adioses a medias, jamás definitivos.
  6. Neruda y su manía de escribir los versos más tristes todas las noches.
  7. Cuatro noches invictas en mi lista de noches favoritas. Y debo confesarte algo: diez años después, sólo tengo cinco.
  8. Perseguir palomas en el kiosko.
  9. La sonrisa que tenías conmigo y que guardé en las fotos que no se perdieron.
  10. Todos los viajes y los postres que nos faltaron por hacer.

En realidad, estaba buscando las razones para soltarte, hasta que me di cuenta de que las anteriores eran las mismas para buscarte. Y heme aquí, lamentando que el miedo fuera más grande que el amor. Sí, como los clichés que tanto odiabas. Es que nuestra ruptura sonaba a Katy Perry.

Al menos tengo una idea clara: he decidido romsolt… aflojar el hilo que nos ataba. Me costó escribirlo. Pensé que lo tenía claro, pero ya ves que no. Lo borré varias veces hasta que me convencí de que era lo mejor. En medio de tanta incertidumbre, dejaré la rendija abierta para un tal vez. Al menos sé que he vuelto a creer en la magia, incluso en otros balcones.

Tuya,
la que siempre te hizo reír.

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Antes del fin del mundo

Antes de que se acabe todo y no sepamos si nos veremos más, quisiera acampar contigo, darte un beso bajo la lluvia y jugar con el Switch que conseguiremos prestado. Ya sabes: juntar todos los clichés y recrearlos uno por uno, porque me vuelvo boba imaginándolos.

Quiero que cocinemos la lasaña prometida, nos escapemos a los pueblitos sin gente y nos tomemos todas las fotos posibles. Ya sabes: hay que dejar huella, aunque el mundo se acabe y tú y yo dejemos de estar.

Sería bonito tirarnos en algún lugar a contar las estrellas que habitan tu cuerpo, enmarcar tus sonrisas y mostrarlas al mundo. Ya sabes: reír hasta doblarnos y ser felices, aunque no seamos adivinos del futuro.

Podríamos explorar un millón de rincones, dibujar unos cuantos destinos y no seguir ninguno de ellos, dejar que el viento nos dirija sin soltar tu mano. Ya sabes: ser uno y dos antes del fin del mundo.

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Mi abuela

Comer cajeta a cucharadas es recordar a mi abuela. La abuela Blanca como Margarita, que odiaba el diminutivo «abuelita», porque se sentía chiquita y arrugada. La del porte de gran señora, con su abrigo rojo caminando por las calles de París. La que se comía mis paletas Payaso y me hacía sopa de fideo todos los domingos. La de sangre española con corazón de mexicana. La que me llevaba a Santa Clara por helado de menta con chocolate, mi amada abuela. La coqueta que les lanzaba piropos a los muchachos en la calle y hacía que mi mamá deseara no estar por ahí. La que un día comenzó a olvidar, cuando yo aún era pequeña y no podía entender los porqués del alemán. La que dejó su aroma en la casa y su aura alrededor de mí.

Dicen que me parezco a ella, y yo siempre he querido ser así. Los días que más la extraño me birlo los dulces o una cucharada de azúcar de la alacena, pues así me enseñó a comerla. También aprendí de ella a comer croquetas, salsa blanca y todos los postres del mundo; a usar joyas, aunque fueran de fantasía, y reír a carcajadas, libre y sincera. Después de tantos años sin ella, no hay día que no la recuerde; pero cuando como cajeta, se vuelve mi cómplice y me siento otra vez cerca de ella.

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Mi abuelo

Lo recuerdo sentado, sonriéndome mientras tocaba en su piano centenario. Tenía unas manos grandes, muy pesadas y cubiertas de las manchas propias de la edad, sobre su piel morena: las movía con fluidez, mientras la melodía se metía en mi cabeza y conmovía cada fibra de mi pequeño ser. Beethoven en sus manos me emocionaba, como casi todo lo que hacía.

Era ese pilar robusto que me enseñaba groserías y a jugar con la cristalería de mi abuela. «¡Caaarlooos!, deja de enseñarle esas cosas a la niña», gritaba mi abuela desde la cocina, mientras él se reía a carcajadas, equilibrando un palo de escoba y una copa en la punta. Su risa era mi mundo, grave y sonora, con la nota ronca del enfisema que tanto miedo me daba. «Repite conmigo: “Leche bronca, bronca, bronca…”», y ahí iba yo repitiéndolo todo, porque para mí su palabra era ley. Sé que había más que ese «cabrón», pero el «¡Papá!» firme de mi mamá le puso fin a nuestro ataque de risa; me guiñó un ojo y se escapó de ella entre risitas.

Las leyes del decoro y la decencia no existían en su casa: salía en bata, calzones y chanclas a revisar el buzón; se fumaba unas varias cajetillas al día, y en su cuarto siempre flotaba una nube de humo. Sé que sigue visitándonos, porque su baño y mi recámara —que era suya antes que mía— a veces huelen a cigarro; no cabe duda de que sigue cuidándome, como cuando tenía 9 años y ya nunca regresó…

Hace veintiún años que no está, pero sigue siendo mi héroe y mi modelo; rebelde, con un corazón enorme y los chiflidos de arriero que me lastimaban los tímpanos. Veinte años y sigo recordando cómo raspaba su barba a propósito contra mi mejilla, porque así era él: chingaquedito, con sus cinco nombres a cuestas, pero que acudía cuando lo llamaba «Bibi». Él era mi abuelo. Y sé que soy digna nieta de él.

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Morra a la mexicana

Soy esa morra llena de inseguridades: la que te escribe bonito y por dentro se está cagando de miedos. Soy la morra que te cuenta cuentos antes de irse a dormir; que se desnuda el alma con cada letra, mientras su boca recorre cada una de tus pecas. Soy esa morra a la que se le encienden los ojitos escuchando tus historias; esa que se prende cuando piensa en ti bajo las sábanas; la que te escribe poesía trillada y ordinaria.

Soy la típica morra que quiere que la veas como si nunca hubieras conocido a otra como ella; la que no se deja llevar por las apariencias, sino por los sentimientos. Soy la morra a la que le encanta desvelarse cuando le describes tus cielos y tormentas. Soy de esas morras que se emocionan con un simple «Hola» y quiere pensarte en su futuro; que te invita a cenar y a que jueguen videojuegos.

Sí, soy de esas morras… La que quiere un amor bonito mientras riegas un incendio entre sus piernas. En fin, que soy la morra que no le saca a enamorarse de ti.

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Elegía de las hortensias (o cuando se cumplieron diez años)

Yo traigo en el alma atorado tu recuerdo,
como brisa verde en un campo de flores.
Ese amor inmarcesible lleno de nomeolvides,
donde me pierdo entre la vida y el lamento.

¡Ay, cuán felices éramos sin saberlo,
mientras las calles nos ofrecían su pavimento!

Tu risa se apagó un día de primavera,
antes de que el llanto hiciera mella en el tormento.
La fugacidad del tiempo me quema entera,
al saber que ya no estoy más en tus silencios.

Todos nos volvemos la nostalgia de alguien,
mientras mi corazón se refugia en tu universo;
aunque ya no estés,
aunque no me ames,
aunque ya no seas.

Lenta,
cansina e
infructuosamente,
mi oquedad consume tu recuerdo.
No hay más rescoldos, ni siquiera un fuego,
Y el “hubiera” dejará siempre la puerta abierta.

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Tu nombre

Repito tu nombre cuando no estás; sobre todo cuando no estás. Y me atrapo in fraganti saboreando cada letra en mi boca, con cierta parsimonia. Es el significante que me remite a tu significado, que seas tú y no sea otro: unas manos que versan la música y la metáfora; una magia que me imbuye en ti, cuando nos abandonamos a ella; la elisión del vacío y de los miedos, mientras la ansiedad desaparece…

No es sólo despojarse de la ropa, sino desvanecerse en el ritmo de tu nombre. No se trata de que repares tus rupturas conmigo ni de que yo arregle las mías contigo, sino de descubrir quién soy cuando somos. Se trata de querernos libres y seguros, rompiendo el esquema de nuestra cotidianidad. Significa que te recrees en mi nombre y me nombres, ya sea en la distancia o muy cerca de ti. Y que perdamos y nos perdamos, con nudos y sin desenlaces. Es desbordarnos en compañía, entre pieles y películas, encendiendo los sentires entre tu universo y el mío.

En medio de la catarsis, te pronuncio.

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Tiempo

Dale la vuelta al reloj
Imagina que nada pasó
Y no me digas adiós.

Regresa el tiempo
Y dame un motivo
Te quiero
Y no sin sentido.

Quítame los miedos
Déjame amarte
Y no en la lejanía.

El corazón se rompe
Y otra vez
Me vuelvo nada
Y lluvia y cascada.

Te vuelves sueño
En medio de mi cama
Y ensoñación distante.

El dolor se instala
Y me impregna
Me empuja
Y me golpea.

Dile al tiempo su adiós.

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Géminis

Soy dualidad:
rosa y oscura,
indeleble y volátil,
de vestidos y de tenis,
maquillaje y muchos libros;
yo soy lo que soy
y lo que me gusta ser.
No sé rimar
y hago rimas sin cadencia;
es locura y equilibrio,
torbellino.
Un día me rompí,
pero ahora vuelvo a estar…
Soy caricia furtiva,
inalcanzable hasta que me halle(s);
me gusta el arcoiris que soy
justo después de la tormenta.
No me canso de la vida,
me enamoro en cada risa,
casualidades infinitas.
Largas mis pestañas,
me construyo siempre
en mi propia dualidad.
Soy magia
y soy libertad.