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Mi abuela

Comer cajeta a cucharadas es recordar a mi abuela. La abuela Blanca como Margarita, que odiaba el diminutivo «abuelita», porque se sentía chiquita y arrugada. La del porte de gran señora, con su abrigo rojo caminando por las calles de París. La que se comía mis paletas Payaso y me hacía sopa de fideo todos los domingos. La de sangre española con corazón de mexicana. La que me llevaba a Santa Clara por helado de menta con chocolate, mi amada abuela. La coqueta que les lanzaba piropos a los muchachos en la calle y hacía que mi mamá deseara no estar por ahí. La que un día comenzó a olvidar, cuando yo aún era pequeña y no podía entender los porqués del alemán. La que dejó su aroma en la casa y su aura alrededor de mí.

Dicen que me parezco a ella, y yo siempre he querido ser así. Los días que más la extraño me birlo los dulces o una cucharada de azúcar de la alacena, pues así me enseñó a comerla. También aprendí de ella a comer croquetas, salsa blanca y todos los postres del mundo; a usar joyas, aunque fueran de fantasía, y reír a carcajadas, libre y sincera. Después de tantos años sin ella, no hay día que no la recuerde; pero cuando como cajeta, se vuelve mi cómplice y me siento otra vez cerca de ella.

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Mi abuelo

Lo recuerdo sentado, sonriéndome mientras tocaba en su piano centenario. Tenía unas manos grandes, muy pesadas y cubiertas de las manchas propias de la edad, sobre su piel morena: las movía con fluidez, mientras la melodía se metía en mi cabeza y conmovía cada fibra de mi pequeño ser. Beethoven en sus manos me emocionaba, como casi todo lo que hacía.

Era ese pilar robusto que me enseñaba groserías y a jugar con la cristalería de mi abuela. «¡Caaarlooos!, deja de enseñarle esas cosas a la niña», gritaba mi abuela desde la cocina, mientras él se reía a carcajadas, equilibrando un palo de escoba y una copa en la punta. Su risa era mi mundo, grave y sonora, con la nota ronca del enfisema que tanto miedo me daba. «Repite conmigo: “Leche bronca, bronca, bronca…”», y ahí iba yo repitiéndolo todo, porque para mí su palabra era ley. Sé que había más que ese «cabrón», pero el «¡Papá!» firme de mi mamá le puso fin a nuestro ataque de risa; me guiñó un ojo y se escapó de ella entre risitas.

Las leyes del decoro y la decencia no existían en su casa: salía en bata, calzones y chanclas a revisar el buzón; se fumaba unas varias cajetillas al día, y en su cuarto siempre flotaba una nube de humo. Sé que sigue visitándonos, porque su baño y mi recámara —que era suya antes que mía— a veces huelen a cigarro; no cabe duda de que sigue cuidándome, como cuando tenía 9 años y ya nunca regresó…

Hace veintiún años que no está, pero sigue siendo mi héroe y mi modelo; rebelde, con un corazón enorme y los chiflidos de arriero que me lastimaban los tímpanos. Veinte años y sigo recordando cómo raspaba su barba a propósito contra mi mejilla, porque así era él: chingaquedito, con sus cinco nombres a cuestas, pero que acudía cuando lo llamaba «Bibi». Él era mi abuelo. Y sé que soy digna nieta de él.

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Morra a la mexicana

Soy esa morra llena de inseguridades: la que te escribe bonito y por dentro se está cagando de miedos. Soy la morra que te cuenta cuentos antes de irse a dormir; que se desnuda el alma con cada letra, mientras su boca recorre cada una de tus pecas. Soy esa morra a la que se le encienden los ojitos escuchando tus historias; esa que se prende cuando piensa en ti bajo las sábanas; la que te escribe poesía trillada y ordinaria.

Soy la típica morra que quiere que la veas como si nunca hubieras conocido a otra como ella; la que no se deja llevar por las apariencias, sino por los sentimientos. Soy la morra a la que le encanta desvelarse cuando le describes tus cielos y tormentas. Soy de esas morras que se emocionan con un simple «Hola» y quiere pensarte en su futuro; que te invita a cenar y a que jueguen videojuegos.

Sí, soy de esas morras… La que quiere un amor bonito mientras riegas un incendio entre sus piernas. En fin, que soy la morra que no le saca a enamorarse de ti.

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Vacíos

Nos llenamos de vacíos, entre cuerpos, sudores y otros vicios; ocultamos nuestras ansiedades por miedo al qué-dirán; fingimos lo que no sentimos y nos asqueamos de nosotros mismos. Todo, absolutamente todo, nos retrae en vacuidad. No hay consuelo: es mareo, ruido, basura y miedos. Parece que nunca llegaré a la sima de la nada.

Mejor intento volar sin alas, salir de esa maldita jaula… Desnudos superficiales que parecen infinitos, y de las oscuridades nadie quiere hablar, querida soledad. Somos optimistas de lo efímero: sólo hay encuentros llenos de frívolos placeres, la nada. Me despojo de los temores, anonimizo el cuerpo de silencios y de ruidos.

Busco las palabras. Escribo. Borro y vuelvo a escribir. Vete ya, vacío, en mí no te quiero más. Los [des]nudos comienzan a soltarse y me encuentro y te encuentro y llenamos el vacío. Adiós, querida soledad.

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Promesas

No prometo un «para siempre» eterno, porque ni yo misma me lo creo. Yo mejor prometo libros, fotos y unas cuantas caricias. Te prometo platicar sobre por qué me gustan mis ojos o el revés que es mi sonrisa. Quiero risas, quiero flores, quiero viajes y casualidades.

Te prometo letras sencillas, mi ansiedad y mis desvelos. No tengo ya más infinitos ni cauces dirigidos; sólo tengo un alma rota que se reconstruye en tu sonrisa. Soy volátil, efervescente, libre, real y remota…, y eso es lo que prometo.

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Mujer

Toma mis nimiedades entre tu boca y causa estragos en mi cabeza. Juega entre mis ambigüedades y (re)moldea todas mis ideas. Porque eres casualidad e irreverencia, mujer torbellino que viene y va. (Des)ordena mis intereses a tu antojo, fulmina mis suspiros con tus ojos: eres aire, tierra, agua y fuego; elemental en cada movimiento. Trémula cada vez que te intento alcanzar; te escapas entre mis dedos cuando te quiero tocar. Eres mi punto de flexión, y también el de inflexión: me doblegas, me (con)mueves, me (re)inventas.

Y luego, como un relámpago, la calma te llega. El ruido se vuelve silencio, nenúfar en medio de la tormenta. Sumérgeme en los recovecos ocultos de tu cabeza, (re)crea los colores de tu galaxia, déjame probar la luz de tus sombras. Hiela mis veranos con tu fuego, calienta mis inviernos con tu nieve. Deja que (des)cifre tus enigmas, pequeña esfinge envuelta en esencia de mujer. Sándalo, jazmín y canela: remolino de sensualidad y fortaleza. Ven(te) y sáciame la sed que tu desierto vasto me provoca. Eres como todas y ninguna.

Eres mujer.

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Sinsentidos con sentido

Contra el recuerdo no hay cura. Son tus besos, tus labios, tus abrazos; son los sueños, las lluvias, las nostalgias; un último adiós que nunca pude pronunciar…
Son tus brazos que me envuelven cuando la tormenta arrecia, es tu boca que me transporta sobre las estrellas y bajo el mar. No hay caricia que no recuerde ni mirada que no anhele. Eres luna y eres sonrisas, paraíso perdido en medio de la soledad.
Misterio, enigma y acertijo: quiero descifrar cada secreto que se esconde detrás de tus ojos. Eres la luz de mis sombras y la paz de mi locura, juegas con el viento en mi cintura y la brisa entre mis sueños.
Y entonces las palabras se me acaban: las deshaces en tu cuerpo, con caricias de sol. Giras y te conviertes y soy yo, me vuelvo verano y flor. Sinsentidos, fragancias y océanos, huecos que llenas con tu presencia ausente. Ven a mí, tierno suspiro de tu boca en la mía. Déjame recordarte una vez más, ahí donde somos y no, allá donde eres y donde soy.

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Ícaro mujer

Palideció visiblemente cuando leyó su respuesta: «Vete, no te convengo». Quería llorar y que él la consolara…; en cambio, acarició la pantalla de la computadora como si lo pudiera tocar a través del cristal. Antes le había dicho que la destruiría, porque tenía ese extraño placer de hacerlo cuando sentía miedo. Sí, en realidad sólo la estaba protegiendo… Pero ella quería volar cerca del sol, su sol, sin importarle que se quemaran sus alas.
Tal vez debería luchar un poco más por él, convencerlo. Después de todo ese tiempo, se sentiría extraña si él desaparecía. Y ella ya se había acostumbrado a sentirse viva cada vez que él la tocaba en sueños.
Abrió el programa para enviarle un mensaje, un último y débil aleteo que evitara su caída. Se tomó la cara con las manos y negó con la cabeza, vacía de emociones. Ya la había bloqueado. Oh, no, el obstinado resultó ser él: el arcoiris había sido demasiado, demasiado, d e m a s i a d o…

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Mandarinas para la niña

Para mí, era un día como cualquier otro; la única diferencia era que iríamos de visita con mis abuelos. Tenía tres años, mi hermano aún no había nacido y mi papá estaba de viaje, así que sólo estábamos mi mamá y yo. No era extraño visitar a mis abuelos; de hecho, yo lo disfrutaba sobremanera. Pero, parece ser que mi madre estaba un poco enferma y, con tal de no preocuparse mucho por mí, decidió manejar hasta Cuernavaca para quedarnos a cargo de sus padres. ¡Qué divertido! Estar con ellos era lo que toda niña podía desear: todo el día jugaban conmigo, me leían cuentos, es más, tenían una tina en el baño. Vaya, ¡una tina! Era casi como una alberca, con espumas que traían mis personajes de Disney favoritos y aromas a chicle o algodón de azúcar. Si alguien me preguntara por los momentos más felices de mi vida, definitivamente serían estos.

Pero bueno, creo que ya me estoy desviando de mi historia. El caso es que ese día, mi mamá tenía un resfriado muy fuerte; ya sabes: dolor de cabeza, ojos llorosos, escalofríos… Y el médico, aparte del coctel de medicamentos, le había recetado reposo absoluto. ¿Tienes idea de lo que es eso cuando tienes a tu cuidado a una pequeña diablilla que a todas horas demanda tu atención? Sí, bueno, yo era tranquila, pero no era más que una niña, al fin y al cabo. Así que mi mamá agarró nuestros triques y ¡vámonos a Cuernavaca! En cuanto llegamos, mis abuelos se hicieron cargo de la situación, dándole a mamá el descanso que necesitaba.

Luego de varias horas, me había quedado a solas con mi abuela. Estábamos las dos sentadas en su recámara, viendo una novela y comiendo mandarinas. Mi madre estaba dormida, por lo que no hacíamos ruido, para no molestarla. Mi abuela me pasaba una mandarina, yo la pelaba y aventaba la cáscara para atrás. ¿Cuántas mandarinas comimos? La verdad, no lo sé… Pero según mi mamá, en un momento dado se despertó y la casa estaba en completo silencio; incluso pensó que nos habíamos ido. Se levantó de puntillas y se asomó a la habitación. Levantó los ojos al cielo en cuanto vio el espectáculo que ofrecíamos mi abuela y yo: sentadas a la orilla de la cama, con un montoncito de mandarinas junto a mi abuela, mientras las cáscaras volaban en cualquier dirección y aterrizaban en la cama, los muebles y el suelo. Se rió quedito y regresó a su recámara. Ya después arreglaría mi desastre…

No, nadie nunca me regañó por eso. ¿Por qué? Bueno, porque en algún momento aprendería que tenía que tirar las cáscaras en la basura, no en el piso. Y así, cuando era pequeña, me dejaron ser.

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Café para dos

Tomo la taza de café entre mis manos. Doy un sorbo y me pierdo en su aroma. Y de pronto, recuerdo ese otro café: el que nos tomábamos cada mañana, el de tu piel, el de tus iris… y cómo tus manos contrastaban cuando acariciaban entre mis piernas. Oh, no… Mi mente está divagando, otra vez; se ha perdido en ese café amaderado que me estremecía.

Sacudo la cabeza y bebo otro sorbo, esta vez un poco más pequeño. Mi corazón se tranquiliza y puedo volver a sonreír. ¿Te has dado cuenta de cómo mi mente sigue jugándome sucio cada vez que tomo café? Es como si de repente estuvieras nuevamente aquí, mirándome como sólo tú sabes hacerlo. Me sonríes, y yo, hipnotizada una vez más, te devuelvo la sonrisa.

Ah, bendito café que despierta mis anhelos por tu boca, tus manos y tu piel. Respiro profundo, y el delicioso aroma de mi taza inunda mi ser. Soy incapaz de detener los recuerdos.

Ahora estás aquí, como antaño, sonriéndome juguetón. Y me miras cual pantera dispuesta a cazar a su presa: yo. Jadeo, perdida en tus pupilas oscuras, ávidas de deseo, y mis manos se mueven frenéticas, sin poder evitarlo.

«Ven», me llamas. Dejo escapar un suspiro y acudo a ti, dominada por la sensualidad de tu voz. Necesito más café…