Abu-abuelita

Tú tan ciento cuatro y yo tan treintaitrés. No sé que haré los 25, aunque nos seguirás abrazando desde donde estés. Ya no tendré tu mano agarrando la mía ni sumarás más arrugas a tu sonrisa ni cantarás como cuando te sentías inspirada. Ahora pintarás colibríes en las flores y trenzarás nomeolvides en el arcoíris.

Quería escribirte tanto, pero todavía me faltan mil palabras para describir esta nueva ausencia. Volví a sentirme niña, correteando en el jardín, persiguiendo los sueños que tejías para mí. Al menos me dijiste adiós sonriendo y así te guardaré conmigo: con tus ciento cuatro encima mientras trato de alcanzarte, aunque te prometo que sin prisas.

Hasta que nos volvamos a ver, abu-abuelita.

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Muerte programada

Estás cansada. Se te nota a cada paso que das, tambaleante sin poder ver, cuando la dificultad para respirar se te complica. Y en los trece años que decidiste acompañarnos, jamás te he visto flaquear. Cada día que pasa es peor que el anterior, por eso sé que tu momento ha llegado. Ya, no sufras más, pequeña mía, te dejaré descansar.
Dicen que cuando muere una mascota es como si perdieras a un ser querido. Sí, pero no a uno cualquiera, sino a esos que siempre viven contigo. Dormías en mi cama, jugabas con Trixy y con Tobi, te enojabas y emberrinchabas. Aún recuerdo el día que nos escogiste y conociste a Trixy: pensaste que te iba a quitar tu bandejita con agua, así que la tomaste entre tus dientes y te la llevaste a quién sabe dónde. Y te sorprendiste cuando quisiste beber y ya no había nada. ¡Cómo nos reímos!
Así es como siempre te recordaré: dulce, pero con esa fortaleza que te hacía arremeter contra cada obstáculo. Me has enseñado tanto, y siento que aún me falta…

***
Ha llegado el veterinario y yo sólo me quiero aferrar a ti.

***
Todo ha sucedido muy rápido. Aquí estás y al minuto siguiente ya no… Son tantas palabras y tantos recuerdos y tantas emociones que siento cómo se me agolpan en el pecho y se van haciendo nudos. Cada pensamiento, un nudo; cada nudo, una lágrima. Uno a la vez hasta que el río se desborda. Mejor lo dejaré fluir.

Adiós, princesa mía; a donde vayas, sé que me estarás esperando.

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La escritura en mí

Escribo. ¿Y desde cuándo lo hago? Desde que tengo uso de razón. Cuando estaba en la primaria, había un montón de talleres extracurriculares y, bueno, uno de ellos se llamaba «Imaginación». Recuerdo que yo estaba en 1° de primaria, mientras que mis compañeros eran de 4° o 5°, niños grandes que ahora ni siquiera recuerdo. Mi memoria de esa época es algo difusa, salvo un cuento que escribí sobre un pececillo dorado.

Básicamente, siempre he escrito lo que se me ocurre, sin pensar demasiado. Antes de entrar a la universidad, mi madre tenía una técnica muy buena para corregir lo que escribía: me hacía releer el texto y me preguntaba dónde había errores. Por fortuna para mí, ella redacta bastante bien, mientras que mi padre tiene muy buena ortografía. Nunca batallé por ese lado, así que con el paso de los años, las dificultades de redacción fueron desapareciendo.

Por otro lado, mis clases de español fueron superiores a ninguna, al menos durante los tres primeros años de la Primaria; veíamos sintaxis avanzada, la misma que apenas en la universidad comencé a re-aprender nuevamente. No fue sino hasta ahora que puedo darme cuenta de la educación privilegiada que tuve…

Además, a la hora de escribir siempre me ha ayudado mi gusto por la lectura. No estoy segura de si he copiado algún estilo, pero sé que sí ha influido en los temas y tipo de textos que me gusta crear. Por ejemplo, J. R. R. Tolkien y El señor de los anillos me han guiado a través de la fantasía; gracias a Dumas y Los tres mosqueteros, he podido mejorar un poco la intriga, y las ideas amorosas las he tomado de Jane Eyre o Mujercitas, entre otros muchos autores.

Y cuando era adolescente, fascinada por El diario de Ana Frank, me dispuse a escribir un diario. Oh, no, para nada, no lo he vuelto a abrir…; pero el caso es que lo hice. Sólo sé que escribí las tragedias comunes de una típica adolescente y que ahora me causan mucha gracia; sobre todo porque son recuerdos de una época muy divertida.

Después, cuando regresé de Alemania, combiné mis escritos con el alemán, con el fin de que se mantuviera secreto. Aunque eso sí, siempre es más fácil escribir en mi lengua materna que en alemán, a pesar de la relativa fluidez que adquirí después de nueve meses allá. No obstante, en algunas ocasiones me gusta más usar ciertas interjecciones y expresiones en alemán.

A pesar de escribir por gusto, también debo escribir en el trabajo. No está dentro de mis funciones, pero a veces hay que dar avisos formales o informes, y mi jefa me da esa oportunidad. Eso sí me cuesta un poco más de trabajo, pero a mí me sirve de experiencia. Y, por extraño que parezca, me resulta divertido.

Por último, casi todo lo que he escrito, lo he hecho por y para mí, aunque algún día me gustaría publicar algo. Hace poco tiempo comencé a mostrar algunos textos a la gente cercana a mí, mas nunca con otro fin que el del desahogo y entretenimiento personales. Espero que en el futuro pueda dejar atrás mis miedos y logre hacer algo bueno con ese placer que me da escribir…

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Devoradora de libros

Me llamo Lea y, curiosamente como mi nombre lo indica, me encanta leer. Aprendí de forma misteriosa a los tres años. Mi mamá platica que un día que íbamos en el coche en la Ciudad de México, donde vivíamos, pregunté en voz alta: «¿Por qué ahí dice “salo-ón”?». Mi papá tuvo que darle la vuelta a la glorieta para comprobar a qué me refería. En efecto, el local decía Saloon… Así se enteraron que yo sabía leer. ¿Cómo aprendí? En realidad nadie lo sabe a ciencia cierta; lo único que mi mamá intuye es que ella solía escribir en papel los nombres de toda mi familia: abuela Margarita, abuelo Carlos, tía Tere, tío Juan, abuelita Elvia, etc. Y que, cuando lo hacía, yo la obligaba a leerlos en voz alta mientras repetía los trazos; entonces pensamos que así me inicié en el increíble mundo de la lectura.

En casa —de quien fuera— siempre había libros, tanto infantiles como de ciencia, historia, naturaleza…; en fin, para todos los gustos. Al parecer, en mi familia siempre se ha sido ávido adquisidor de conocimiento. Mi madre, viajera apasionada hasta que conoció a mi papá; él, hijo de maestros un poco artistas. Sí, definitivamente mi amor por la lectura y los libros viene de familia. El primer libro favorito que recuerdo era un audiolibro de El rey león, cuya narración en casette la iba siguiendo con el dedo, lo cual sirvió, supongo, para aumentar mi velocidad de lectura. Y así como ésta, tengo demasiadas anécdotas respecto a los libros, por lo que diré sólo algunas de mis favoritas.

Cuando tenía como seis años, mi primo Jorge —mayor que yo por doce años, más o menos— se enteró de que la Feria infantil y juvenil estaría en la ciudad; ni tardo ni perezoso, le pidió permiso a mis papás para llevarme. Se lo dieron casi de inmediato. Personalmente no recuerdo la feria, sólo lo que mi primo cuenta: que mi cara era muy tierna, llena de asombro y emoción al ver tantos libros en un mismo lugar. Al término del paseo volvimos a casa de mis abuelitos paternos, donde me perdieron de vista después de saludarme. Luego de una hora, mi mamá se empezó a preocupar. Antes que nada, esa casa es enorme, tres pisos llenos de habitaciones, resultado de una familia numerosa, por lo que encontrarme fue un poco complicado. Mi primo fue el primero en hacerlo —sólo él y mi mamá me buscaban, en realidad—, así que corrió a donde ella estaba y le dijo que se acercara sin hacer ruido. ¿Dónde me encontraba? ¡En la biblioteca! Sí, esa casa tenía una biblioteca grande —aparte de los muchos libreros regados por toda la casa—, fruto de la labor de mis abuelitos como docentes, además de los libros aportados por mis tíos, primos y mi propio padre a lo largo de los años. Y ahí estaba yo, una niña de seis años, ajena a la búsqueda de la que era objeto, perdida en medio de un sillón gigante, con una libro en las piernas.

Y esa imagen es la que define mi niñez y probablemente también mi adolescencia. No era normal, pues en vez de ver televisión, prefería leer. Tenía muchos amigos, eso sí, pues siempre he sido sociable; pero eso nunca me impidió preferir los libros. En mi casa jamás hubo censura sobre lo que podía o no leer; si se me antojaba leer ciencia o historia, nadie me decía nada, y no recuerdo haber tenido malas experiencias.

Bueno, tal vez sí, porque en vez de castigarme sin jugar o ver la tele, me quitaban el libro que estuviera en esos momentos. Oh, sí, chillaba, pataleaba, hacía berrinche y… tomaba otro libro del librero, aunque fuera uno que ya hubiera leído. Y así se repetía el ciclo. Por eso debía apurarme a leer, para no quedarme en suspenso en caso de castigo.

Leía donde podía, salvo en el coche: mi mayor frustración. Si íbamos al súper, me iba a la sección de libros y ahí esperaba a que terminaran las compras. En un Walmart en Saltillo, un mes antes de que saliera en cines y tres o cuatro visitas a la tienda, leí Harry Potter y la piedra filosofal, cuando tenía once. A los diecisiete, en el Sanborns de Plaza Cuernavaca, le tocó el turno a Crepúsculo. Pero el mejor libro de mi infancia me lo regalaron en la Navidad de 1999, cuando tenía sólo nueve años. El hobbit lo leí esa misma noche; es decir, para las siete de la mañana del 25 de diciembre, ya lo había terminado. Ahí nació mi ligera obsesión por El señor de los anillos y Tolkien en general. Recuerdo que ese día mi padre me espetó: «¡Deja de leer, niña! Al menos haz que duren los regalos», riéndose un momento después, exasperado, porque sabía que no le haría caso alguno.

Cuando tenía como trece o catorce años, me regalaron, entre varios miembros de mi familia, como cincuenta libros, con la esperanza de que me duraran al menos medio año. Tristemente para todos, llegó marzo y ya no me quedaba ninguno.

Y cuando me fui a Alemania, lo que me ayudó a aprender el idioma fue la lectura. Mi prima también era ávida lectora; incluso mientras desayunábamos mi tía nos permitía leer, cosa que mi mamá nunca me había dejado hacer. Entonces leí El hobbit en alemán, para ir comprendiendo el idioma, pues casi me lo sabía de memoria. Después de nueve meses allá (el tiempo de mi estadía), ya podía leer casi toda la pequeña colección de mi prima.

Tengo 27 años, pero nunca he llevado la cuenta de los libros que he leído: además, suelo leerlos más de dos veces, sobre todo cuando no hay libros nuevos o si se trata de mis favoritos. El señor de los anillos y Harry Potter los he leído por lo menos ocho o nueve veces, mientras que Mujercitas, Jane Eyre o Los tres mosqueteros, unas seis.

Además, gracias al milagro de la tecnología, puedo leer en el celular sin ningún problema. Desde un Nokia que aceptaba formato .mobi, hasta los actuales ePub o PDF. Sí, ya sé que nada se compara con el olor a libro —ya sea nuevo, viejo o usado, todos huelen delicioso—; pero a veces la economía no lo permite. Además, si salgo de viaje no es lo mismo cargar una mochila de 20 kg con diez libros, a traer en el celular 2000 libros que no pesan.

Y a pesar de mis ocupaciones diarias, aún encuentro tiempo libre para leer por placer, porque es lo que me ayuda a lidiar con el estrés diario. Incluso en la secundaria, donde entre mis compañeros no era bien visto que leyera tanto, los libros fueron mi refugio y mi fortaleza para enfrentarlo. En efecto, nunca me importó ser tachada de ñoña o nerd si tenía mis libros.

Admito que más de una vez me he perdido entre las páginas de un libro. Dejo de escuchar, ni siquiera música; me vuelvo totalmente ajena a lo que ocurre a mi alrededor, como esa vez que me perdí en casa de mis abuelitos. Por eso es que me encanta la lectura: el poder que me da para desconectarme de este mundo para entrar de lleno en esas otras realidades.