Me llamo Lea y, curiosamente como mi nombre lo indica, me encanta leer. Aprendí de forma misteriosa a los tres años. Mi mamá platica que un día que íbamos en el coche en la Ciudad de México, donde vivíamos, pregunté en voz alta: «¿Por qué ahí dice “salo-ón”?». Mi papá tuvo que darle la vuelta a la glorieta para comprobar a qué me refería. En efecto, el local decía Saloon… Así se enteraron que yo sabía leer. ¿Cómo aprendí? En realidad nadie lo sabe a ciencia cierta; lo único que mi mamá intuye es que ella solía escribir en papel los nombres de toda mi familia: abuela Margarita, abuelo Carlos, tía Tere, tío Juan, abuelita Elvia, etc. Y que, cuando lo hacía, yo la obligaba a leerlos en voz alta mientras repetía los trazos; entonces pensamos que así me inicié en el increíble mundo de la lectura.
En casa —de quien fuera— siempre había libros, tanto infantiles como de ciencia, historia, naturaleza…; en fin, para todos los gustos. Al parecer, en mi familia siempre se ha sido ávido adquisidor de conocimiento. Mi madre, viajera apasionada hasta que conoció a mi papá; él, hijo de maestros un poco artistas. Sí, definitivamente mi amor por la lectura y los libros viene de familia. El primer libro favorito que recuerdo era un audiolibro de El rey león, cuya narración en casette la iba siguiendo con el dedo, lo cual sirvió, supongo, para aumentar mi velocidad de lectura. Y así como ésta, tengo demasiadas anécdotas respecto a los libros, por lo que diré sólo algunas de mis favoritas.
Cuando tenía como seis años, mi primo Jorge —mayor que yo por doce años, más o menos— se enteró de que la Feria infantil y juvenil estaría en la ciudad; ni tardo ni perezoso, le pidió permiso a mis papás para llevarme. Se lo dieron casi de inmediato. Personalmente no recuerdo la feria, sólo lo que mi primo cuenta: que mi cara era muy tierna, llena de asombro y emoción al ver tantos libros en un mismo lugar. Al término del paseo volvimos a casa de mis abuelitos paternos, donde me perdieron de vista después de saludarme. Luego de una hora, mi mamá se empezó a preocupar. Antes que nada, esa casa es enorme, tres pisos llenos de habitaciones, resultado de una familia numerosa, por lo que encontrarme fue un poco complicado. Mi primo fue el primero en hacerlo —sólo él y mi mamá me buscaban, en realidad—, así que corrió a donde ella estaba y le dijo que se acercara sin hacer ruido. ¿Dónde me encontraba? ¡En la biblioteca! Sí, esa casa tenía una biblioteca grande —aparte de los muchos libreros regados por toda la casa—, fruto de la labor de mis abuelitos como docentes, además de los libros aportados por mis tíos, primos y mi propio padre a lo largo de los años. Y ahí estaba yo, una niña de seis años, ajena a la búsqueda de la que era objeto, perdida en medio de un sillón gigante, con una libro en las piernas.
Y esa imagen es la que define mi niñez y probablemente también mi adolescencia. No era normal, pues en vez de ver televisión, prefería leer. Tenía muchos amigos, eso sí, pues siempre he sido sociable; pero eso nunca me impidió preferir los libros. En mi casa jamás hubo censura sobre lo que podía o no leer; si se me antojaba leer ciencia o historia, nadie me decía nada, y no recuerdo haber tenido malas experiencias.
Bueno, tal vez sí, porque en vez de castigarme sin jugar o ver la tele, me quitaban el libro que estuviera en esos momentos. Oh, sí, chillaba, pataleaba, hacía berrinche y… tomaba otro libro del librero, aunque fuera uno que ya hubiera leído. Y así se repetía el ciclo. Por eso debía apurarme a leer, para no quedarme en suspenso en caso de castigo.
Leía donde podía, salvo en el coche: mi mayor frustración. Si íbamos al súper, me iba a la sección de libros y ahí esperaba a que terminaran las compras. En un Walmart en Saltillo, un mes antes de que saliera en cines y tres o cuatro visitas a la tienda, leí Harry Potter y la piedra filosofal, cuando tenía once. A los diecisiete, en el Sanborns de Plaza Cuernavaca, le tocó el turno a Crepúsculo. Pero el mejor libro de mi infancia me lo regalaron en la Navidad de 1999, cuando tenía sólo nueve años. El hobbit lo leí esa misma noche; es decir, para las siete de la mañana del 25 de diciembre, ya lo había terminado. Ahí nació mi ligera obsesión por El señor de los anillos y Tolkien en general. Recuerdo que ese día mi padre me espetó: «¡Deja de leer, niña! Al menos haz que duren los regalos», riéndose un momento después, exasperado, porque sabía que no le haría caso alguno.
Cuando tenía como trece o catorce años, me regalaron, entre varios miembros de mi familia, como cincuenta libros, con la esperanza de que me duraran al menos medio año. Tristemente para todos, llegó marzo y ya no me quedaba ninguno.
Y cuando me fui a Alemania, lo que me ayudó a aprender el idioma fue la lectura. Mi prima también era ávida lectora; incluso mientras desayunábamos mi tía nos permitía leer, cosa que mi mamá nunca me había dejado hacer. Entonces leí El hobbit en alemán, para ir comprendiendo el idioma, pues casi me lo sabía de memoria. Después de nueve meses allá (el tiempo de mi estadía), ya podía leer casi toda la pequeña colección de mi prima.
Tengo 27 años, pero nunca he llevado la cuenta de los libros que he leído: además, suelo leerlos más de dos veces, sobre todo cuando no hay libros nuevos o si se trata de mis favoritos. El señor de los anillos y Harry Potter los he leído por lo menos ocho o nueve veces, mientras que Mujercitas, Jane Eyre o Los tres mosqueteros, unas seis.
Además, gracias al milagro de la tecnología, puedo leer en el celular sin ningún problema. Desde un Nokia que aceptaba formato .mobi, hasta los actuales ePub o PDF. Sí, ya sé que nada se compara con el olor a libro —ya sea nuevo, viejo o usado, todos huelen delicioso—; pero a veces la economía no lo permite. Además, si salgo de viaje no es lo mismo cargar una mochila de 20 kg con diez libros, a traer en el celular 2000 libros que no pesan.
Y a pesar de mis ocupaciones diarias, aún encuentro tiempo libre para leer por placer, porque es lo que me ayuda a lidiar con el estrés diario. Incluso en la secundaria, donde entre mis compañeros no era bien visto que leyera tanto, los libros fueron mi refugio y mi fortaleza para enfrentarlo. En efecto, nunca me importó ser tachada de ñoña o nerd si tenía mis libros.
Admito que más de una vez me he perdido entre las páginas de un libro. Dejo de escuchar, ni siquiera música; me vuelvo totalmente ajena a lo que ocurre a mi alrededor, como esa vez que me perdí en casa de mis abuelitos. Por eso es que me encanta la lectura: el poder que me da para desconectarme de este mundo para entrar de lleno en esas otras realidades.
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