Abro el cajón de mi buró: las palabras comienzan a golpearme. No tienen remitente; pero qué más da, si no lo necesito. Las he grabado en cada grieta de mi cuerpo mientras te buscaba a través de mis noches insomnes. Los años pasan y la luna en mi muñeca confirma que siempre fue tu magia.
¿Cuántas veces he escuchado que el tiempo lo cura todo? Nunca he dejado de llover, sobre todo cuando me buscas en mis sueños. Sé que no puede ser amor, sólo me arrepiento; sin embargo, si el mundo terminara mañana, tal vez quieras venir y ver el atardecer que nunca vimos. El último beso, un postre final, que el incendio de tu boca nos consuma.
Construí un muro contra ti. Por lo visto, jamás funcionó. Y el hubiera siempre será nuestro hilo rojo. Avanzo y mi brújula te señala: soy obstinada y me dirijo al lado contrario. Saber que siempre serás el que se fue no me deja respirar. Me escondo detrás de tu piel, me reflejo en tu sonrisa. ¿Dónde nos perdimos? Nadie quiere hablar del miedo que da sentir, del terror por el futuro juntos que nada más imaginamos, porque aún éramos jóvenes.
Quise pedirte que te quedaras, a pesar de tener diecinueve, veintidós y hasta veintiséis. A mis treinta ya es muy tarde. Hemos dejado de ser, aunque seguimos buscándonos. Hay cicatrices que siempre dolerán, lo sé. Tu ciudad no guarda mi fantasma; pero yo aquí te siento en cada quiosco, en cada burbuja, en cada nieve… Nunca vencimos al adiós.