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Mi abuelo

Lo recuerdo sentado, sonriéndome mientras tocaba en su piano centenario. Tenía unas manos grandes, muy pesadas y cubiertas de las manchas propias de la edad, sobre su piel morena: las movía con fluidez, mientras la melodía se metía en mi cabeza y conmovía cada fibra de mi pequeño ser. Beethoven en sus manos me emocionaba, como casi todo lo que hacía.

Era ese pilar robusto que me enseñaba groserías y a jugar con la cristalería de mi abuela. «¡Caaarlooos!, deja de enseñarle esas cosas a la niña», gritaba mi abuela desde la cocina, mientras él se reía a carcajadas, equilibrando un palo de escoba y una copa en la punta. Su risa era mi mundo, grave y sonora, con la nota ronca del enfisema que tanto miedo me daba. «Repite conmigo: “Leche bronca, bronca, bronca…”», y ahí iba yo repitiéndolo todo, porque para mí su palabra era ley. Sé que había más que ese «cabrón», pero el «¡Papá!» firme de mi mamá le puso fin a nuestro ataque de risa; me guiñó un ojo y se escapó de ella entre risitas.

Las leyes del decoro y la decencia no existían en su casa: salía en bata, calzones y chanclas a revisar el buzón; se fumaba unas varias cajetillas al día, y en su cuarto siempre flotaba una nube de humo. Sé que sigue visitándonos, porque su baño y mi recámara —que era suya antes que mía— a veces huelen a cigarro; no cabe duda de que sigue cuidándome, como cuando tenía 9 años y ya nunca regresó…

Hace veintiún años que no está, pero sigue siendo mi héroe y mi modelo; rebelde, con un corazón enorme y los chiflidos de arriero que me lastimaban los tímpanos. Veinte años y sigo recordando cómo raspaba su barba a propósito contra mi mejilla, porque así era él: chingaquedito, con sus cinco nombres a cuestas, pero que acudía cuando lo llamaba «Bibi». Él era mi abuelo. Y sé que soy digna nieta de él.