Comer cajeta a cucharadas es recordar a mi abuela. La abuela Blanca como Margarita, que odiaba el diminutivo «abuelita», porque se sentía chiquita y arrugada. La del porte de gran señora, con su abrigo rojo caminando por las calles de París. La que se comía mis paletas Payaso y me hacía sopa de fideo todos los domingos. La de sangre española con corazón de mexicana. La que me llevaba a Santa Clara por helado de menta con chocolate, mi amada abuela. La coqueta que les lanzaba piropos a los muchachos en la calle y hacía que mi mamá deseara no estar por ahí. La que un día comenzó a olvidar, cuando yo aún era pequeña y no podía entender los porqués del alemán. La que dejó su aroma en la casa y su aura alrededor de mí.
Dicen que me parezco a ella, y yo siempre he querido ser así. Los días que más la extraño me birlo los dulces o una cucharada de azúcar de la alacena, pues así me enseñó a comerla. También aprendí de ella a comer croquetas, salsa blanca y todos los postres del mundo; a usar joyas, aunque fueran de fantasía, y reír a carcajadas, libre y sincera. Después de tantos años sin ella, no hay día que no la recuerde; pero cuando como cajeta, se vuelve mi cómplice y me siento otra vez cerca de ella.