Viajé al país de los recuerdos, visité la colina de las nostalgias, exploré el paisaje de tu sonrisa. Caminé por el sendero de tus ojos y le inventé un nuevo nombre. Jugué un rato en la laguna de las ilusiones, hasta llegar al océano recóndito de tus abstracciones. Ahí me abrumó su vastedad, tanto que decidí quedarme un rato en la playa de tu cuerpo. Tu aroma de madera y sal me embriagaba, hasta que tus pensamientos comenzaron a fluir. Llegamos al clímax intelectual, construyendo castillos en la arena y jugando en las olas de tu cintura.
Fue entonces cuando el mar de tu boca terminó por inundarme.