Palideció visiblemente cuando leyó su respuesta: «Vete, no te convengo». Quería llorar y que él la consolara…; en cambio, acarició la pantalla de la computadora como si lo pudiera tocar a través del cristal. Antes le había dicho que la destruiría, porque tenía ese extraño placer de hacerlo cuando sentía miedo. Sí, en realidad sólo la estaba protegiendo… Pero ella quería volar cerca del sol, su sol, sin importarle que se quemaran sus alas.
Tal vez debería luchar un poco más por él, convencerlo. Después de todo ese tiempo, se sentiría extraña si él desaparecía. Y ella ya se había acostumbrado a sentirse viva cada vez que él la tocaba en sueños.
Abrió el programa para enviarle un mensaje, un último y débil aleteo que evitara su caída. Se tomó la cara con las manos y negó con la cabeza, vacía de emociones. Ya la había bloqueado. Oh, no, el obstinado resultó ser él: el arcoiris había sido demasiado, demasiado, d e m a s i a d o…