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Café para dos

Tomo la taza de café entre mis manos. Doy un sorbo y me pierdo en su aroma. Y de pronto, recuerdo ese otro café: el que nos tomábamos cada mañana, el de tu piel, el de tus iris… y cómo tus manos contrastaban cuando acariciaban entre mis piernas. Oh, no… Mi mente está divagando, otra vez; se ha perdido en ese café amaderado que me estremecía.

Sacudo la cabeza y bebo otro sorbo, esta vez un poco más pequeño. Mi corazón se tranquiliza y puedo volver a sonreír. ¿Te has dado cuenta de cómo mi mente sigue jugándome sucio cada vez que tomo café? Es como si de repente estuvieras nuevamente aquí, mirándome como sólo tú sabes hacerlo. Me sonríes, y yo, hipnotizada una vez más, te devuelvo la sonrisa.

Ah, bendito café que despierta mis anhelos por tu boca, tus manos y tu piel. Respiro profundo, y el delicioso aroma de mi taza inunda mi ser. Soy incapaz de detener los recuerdos.

Ahora estás aquí, como antaño, sonriéndome juguetón. Y me miras cual pantera dispuesta a cazar a su presa: yo. Jadeo, perdida en tus pupilas oscuras, ávidas de deseo, y mis manos se mueven frenéticas, sin poder evitarlo.

«Ven», me llamas. Dejo escapar un suspiro y acudo a ti, dominada por la sensualidad de tu voz. Necesito más café…