Publicado en Thoughts

Ese 19 de septiembre…

—¿Sigue temblando?
—No, ya no…
—Entonces es el temblor que se me ha quedado en las manos.

La miré y en sus ojos vi el reflejo de mi propio terror… La cabeza aún me daba vueltas, sentía que en cualquier momento eso se iba a soltar otra vez.

***

Es un día como cualquier otro. Llego al trabajo y me pongo a platicar. De pronto, siento el suelo moverse. Miro a mi amiga y las dos, al unísono, decimos: «Está temblando». Nos ponemos de pie, yo con el celular en la mano… En el fondo de mi cabeza, una vocecita incrédula suelta: «Nah, sólo son los alumnos haciendo alguna actividad»; pero no dejo de moverme y salgo al estacionamiento, sin mirar atrás.
Afortunadamente, el espacio es pequeño y en ese momento el temblor parece haber amainado; más bien, me imagino una estampida como la de El rey león. De repente, la tierra da un jalón y se mueve con más fuerza. Me quedo paralizada, viendo cómo se mueven los coches y sintiendo que estos en cualquier momento nos van a aplastar.

A lo lejos, oigo gritos. «¿Gritos? ¡Sí, gritos, Lea! ¡Y no son lejanos!», pienso y salgo de mi estupor. A mi lado, mi amiga también reacciona y entonces ayudamos a los alumnos. Ya los hombres se habían adelantado: cada uno había cargado a alguna compañera, bajando a toda prisa. Nosotras, desde abajo, sólo las jalábamos un poco para que bajaran los últimos escalones de esa mentada escalera de metal.

—Tranquila, no pasa nada… Ayuda a tu compañero… Respira hondo… Ya pasó…

Entre las dos hablábamos con voz clara, tratando de infundir tranquilidad a los alumnos, a pesar de que nuestras manos temblaban como gelatinas. Repartíamos abrazos, dábamos consuelo y tratábamos de sonreír. El terror era colectivo; algunos tenían ataques de histeria, pero todos tratábamos de ayudar a los demás.

Una vez pasado el susto inicial, llamé a mis papás: las llamadas no salían, a pesar de que el celular decía que tenía señal. Intenté con el WhatsApp y tampoco funcionaba… «¡Mi hermano!», pensé, demasiado asustada. Un escalofrío recorrió mi espalda y empecé a desesperarme. «Es que… si aquí se sintió así, en el D. F. debe de haber estado peor…». Horrorizada, contemplé el relojito del whats, que indicaba que mi mensaje aún no se enviaba. Un minuto después, aparecieron las dos palomitas y sentí un ligero alivio. Al menos a mis padres ya les había llegado.

«Papá y yo bien. Vamos por ti y de ahí con tu hermano. ¿Vas o te quedas?», por fin pudo mandar mi mamá. Pensé de inmediato en que no me iba a quedar sola, así que mandé un simple «Voy» y respiré de nuevo, aún preocupada por mi hermano. Mi novio ya me había confirmado que él estaba bien, aunque en mi facultad se había sentido del nabo y todos estaban demasiado asustados, sobre todo porque mi salón es el más alejado y ni siquiera les dio tiempo de bajar…

El director de mi trabajo nos mandó a todos a casa para investigar cómo estaban nuestras respectivas familias. Mi amiga y yo nos sentamos a esperar, con el corazón desbocado, pues ella tampoco se había podido comunicar con su familia. La escuela se vació y ahí esperamos; lentamente y no sin cierto esfuerzo, nuestra respiración se normalizó.

Me empezaron a llegar mensajes preguntándome si estaba bien, a lo que respondía sencillamente que sí. Un amigo que vive en la Ciudad de México trató de tranquilizarme, diciéndome que mi hermano probablemente estaba bien y que la red pronto se restablecería. No fue sino hasta que recibí el mensaje de que la Torre Latino de Cuernavaca se había caído, que el corazón se me hizo chiquito y otra vez sentí miedo. Al principio no lo creímos; sin embargo, gracias a Facebook descubrimos que sí había ocurrido.

Ya había pasado una hora y mis papás no llegaban ni tenía noticias de mi hermano. Mi estómago estaba hecho un nudo, pues empezaban a salir reportes de edificios caídos tanto aquí como en la Ciudad de México. Comparaban el terremoto con el del 85; decían que la intensidad había sido mayor, aunque la magnitud no; que el epicentro había sido aquí, en Morelos… Eso era demasiado, yo sólo quería irme y saber de mi hermano; quería gritar y derrumbarme, pero sabía que si lo hacía, me perdería en el vacío y no sabría cómo salir de ahí. Me contuve.

Finalmente llegaron por mí. Mi amiga y yo caminamos a la avenida y ahí nos separamos, pues a ella también le urgía llegar a su casa. Cuando encontré a mi papá, mi mamá ya se había bajado del coche, así que nos fuimos a un Oxxo cercano a esperarla. Bajaban ríos de estudiantes que venían de la universidad, ya que el tránsito estaba atorado hacia cualquier dirección. Unos minutos después, mi mamá regresó y enfilamos a la capital.

El trayecto de Cuernavaca a la Ciudad de México normalmente es de una hora; ese día, nos hicimos cuatro. Las noticias eran desalentadoras: edificios caídos, personas atrapadas, fugas de gas e incendios, pueblos casi desaparecidos… El horror seguía latente, pero la impotencia era aun peor.

Por fin, mi hermano mandó un mensaje en el que decía que estaba bien, y respiramos aliviados. Había muchas calles cerradas, gente caminando por las avenidas; a donde uno mirara, había caos. Y para colmo, empezaron a salir los primeros reportes de robos. Como si el temblor no hubiera sido lo suficientemente violento, llegaron esos cabrones a aprovecharse de la situación.

Todos sentimos alivio cuando mi hermano llegó al departamento. Y así acabó el día cero. Entre la tragedia de la Rébsamen, las explosiones, las llamadas preocupadas a toda la familia, la televisión prendida, los constantes «¿Ya te pudiste comunicar con fulanito» y las muchas réplicas que sucedieron al temblor, nos dormimos como hasta las tres de la mañana. Vaya, saber que estaba con mi familia hizo que me pudiera dormir.

Y al día siguiente, mi hermano y yo nos enfilamos directo al caos. Nos enteramos que a unas cuadras se había caído uno de los edificios de un multifamiliar, así que sentimos la necesidad de hacer algo. ¿Qué? No lo sabíamos con exactitud, pero no podíamos quedarnos quietos y acostados, a sabiendas de que se necesitaban manos. Yo salí en pants, botas y una playera desgastada; al fin y al cabo, no era un desfile de modas. Al llegar a la zona de desastre, me impresionó la rapidez de la gente para ayudar: había montañas de alimentos, botellas de agua, gente ojerosa y sonriente que decía «¡Ánimo!» o te ofrecía una torta.

Nos acercamos más a lo que quedaba del edificio. Un puño se levanta y un hombre grita «¡Silencio!». Uno tras otro, los puños se empiezan a levantar. Mientras se me cierra la garganta con una emoción que no logro identificar, yo también levanto el puño. El silencio es absoluto. Un minuto, dos, cinco… El ruido se reanuda. Haya sido o no una falsa alarma, la esperanza no ha muerto en las miradas de quienes están ahí.

Mi hermano y yo continuamos hacia adelante, buscando a alguien que nos dé indicaciones. Nos dicen que ahí ya están cubiertos, pero que apenas en la mañana varios edificios colapsaron y que, probablemente, allá necesiten manos. Nos vamos y mi hermano propone ir al Zócalo, pues sabe que de ahí están repartiendo las brigadas. Llegamos y a hacer fila. La explanada rebosa de vida, todo mundo quiere ayudar. No importa si son niños, adultos o ancianos…

Después de unas horas, el cuerpo me duele y sé que es hora de parar. De vuelta en el departamento, ayudo con lo que puedo a través de redes sociales. Sé que también eso es importante, al menos para estar al tanto de lo que ocurre.

Y al día siguiente, de regreso en Cuernavaca, ocurre lo mismo. Manos se necesitan en todos lados, esto no puede acabar. Los días pasan y la histeria por ayudar se va sosegando. Cada vez hay menos apoyo. No obstante, hay gente que no se ha cansado y que sigue brindando el apoyo que se necesita.

Los días se suceden, uno tras otro, con notas de heroísmo, a pesar de las cosas malas. Lo importante es lo que uno guarda: que México tiene una fuerza imparable, que la gente se levanta en la desgracia y mantiene viva la esperanza. Y esto apenas comienza…

Ha pasado un mes y un día desde aquel fatídico suceso. La vida continúa. Y yo sigo aquí, de pie y siendo la misma, pero al mismo tiempo, sé que no lo soy, exactamente como sé que nada volverá a ser igual… Esta vez soy yo quien deberá reconstruir su vida, a partir de los escombros que dejó el terremoto.