Mi madre no es mi mejor amiga. Oh, no, ella es mi madre y punto. En ella, sé que puedo buscar refugio o fortaleza, cariño o guía… A veces, incluso puedo encontrar regaños por ciertas metidas de pata, pero lo que más me gusta hallar en ella es su risa, siempre presente.
Ella no es mi mejor amiga, es mi madre. Y como mi madre, sé que siempre podré contar con ella, aunque a veces sienta que sus consejos no son los mejores o sus palabras no sean las que yo quiero escuchar. Lleva 26 años, casi 27, siendo mi madre, y en todos estos años sólo puedo sentir que su amor hacia mí y mi hermano no hace sino crecer día con día, sin importar nuestros defectos.
Ella me enseñó a luchar siempre por lo que creo, por lo que quiero. Me enseñó a nunca rendirme, porque ella nunca lo hace; a no quedarme callada, a opinar aunque esté equivocada. También me enseñó que escuchar a los demás puede ser beneficioso; que ayudar resulta agradable, sobre todo si no esperas nada a cambio, y que sonreír es la mejor cura para cualquier mal. Porque sí, también hace locuras, inventa historias, hasta parece que nunca ha dejado de ser una niña…
Hemos aprendido tantas cosas juntas, que a lo largo de los años sólo puedo mirar atrás y agradecer porque la tengo siempre junto a mí, sin importar la distancia. Para mí es la mejor, y puedo decir con orgullo que soy digna hija de mi madre.